El semanario Time tuvo un momento la periodística intención de declarar hombre del año 2001 a Osama Bin Laden, presunto autor del mayor atentado criminal de la historia. Los responsables de la publicacion, apoyándose en la tradición de la revista, argumentaban que tal título sólo se limita a designar a la personalidad que, a lo largo del año transcurrido, se ha distinguido de manera excepcional tanto en el bien como en el mal. Y añadían como prueba que, en los años 1930, se había concedido ese galardón al propio Adolfo Hitler, y en los años 1940 -en dos ocasiones- al mismísimo Stalin. Pero de nada bastaron tales precedentes. El proyecto, calificado de escandaloso, desencadenó un verdadero huracán de protestas. Miles de cartas y mensajes comenzaron a llegar con amenazas de anulación de suscripciones y, peor aún, con advertencias de anunciantes decididos a romper los contratos de publicidad si la dirección del semanario persistía en su idea de premiar de ese modo al primer gran criminal del siglo XXI. Obviamente, Time abandonó esa intención y eligió, de un modo mucho más consensual, al alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, antiguo procurador, azote de pequeños delincuentes y héroe nacional del 11 de septiembre... Pero esta opción tampoco es satisfactoria. Por demasiado norteamericana y porque el año 2001 no se reduce a los acontecimientos del 11 de septiembre, a pesar de su indiscutible magnitud. Si algo ha marcado este primer año del tercer milenio, aunque los atentados contra el World Trade Center y la guerra en Afganistán lo hayan ocultado estos últimos meses, es sin duda el movimiento antimundialización. Nadie puede olvidar que este siglo había empezado en Porto Alegre, Brasil, con la pacífica reunión, en enero de 2001, de decenas de miles de jóvenes llegados del mundo entero al Foro Social Mundial para denunciar las desigualdades provocadas por la globalización liberal. Y también para proponer soluciones a tales injusticias (supresión de la deuda externa, tasa Tobin, fin de los paraísos fiscales, etcétera) que adquieren una increíble actualidad a la hora del trágico derrumbe de la Argentina ultraliberal. Mediáticamente, ese movimiento antimundialización había empezado, de manera espectacular, en Seattle a finales de 1999. Y ya no ha dejado de manifestarse cada vez que alguna de las grandes instituciones económicas del mundo se reúne, en Praga, en Niza, en Davos, en Barcelona, en Quebec, en Gotemburgo, en Génova y, más recientemente, en Doha o Bruselas. Aunque planetario y con una estrategia muy definida, este movimiento es un conglomerado de asociaciones piloteado por un colectivo informal gracias al uso inteligente de Internet. No tiene una cabeza visible, un (o una) líder indiscutible que lo capitanee y dirija. Sin embargo, una de sus referencias permanentes, tanto para los grupos del Norte como para los del Sur, es sin duda el subcomandante Marcos. Personaje de leyenda y jefe del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el subcomandante Marcos lucha, en Chiapas, por el reconocimiento de los derechos de los indios de México. Oculto tras su famoso pasamontañas, denuncia la mundialización liberal y piensa que otro mundo es posible. En febrero y marzo de 2001, el subcomandante Marcos encabezó una célebre marcha sobre México que movilizó a centenares de miles de personas -y a decenas de personalidades venidas del mundo entero- para pedirle al nuevo presidente Vicente Fox, en nombre de la dignidad rebelde, que reiniciara las negociaciones de paz en Chiapas y reconocer por fin los derechos, reclamados desde hace cinco siglos, de los indios. Porque nunca ha cometido atentado alguno, porque repudia la violencia y porque sólo se sirve de las palabras, de su imaginación y de Internet para movilizar a la opinión pública internacional en favor de la causa sagrada que defiende, el subcomandante Marcos es, en mi opinión, el indiscutible hombre del año 2001.