CÉSAR ANTONIO MOLINA
04 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.En el siglo XVII, el crítico chino Yeh Hsieh, en su clarividente ensayo titulado El origen de la poesía, afirma que: «Cuando lo que escribo es igual a lo que escribió un antiguo maestro significa que nos unimos en nuestras reflexiones. Y cuando escribo algo diferente de los antiguos maestros, añado algo que faltaba en su obra. O es posible que los maestros de antaño estén añadiendo algo que falta en la mía». Es decir, el poema que se escribe es siempre el mismo, copiado tal cual y repetido otras muchas veces, sin por ello incurrir en el plagio pues el anterior autor y el nuevo son uno mismo relacionados a través del poema añadiendo o corrigiendo ese texto indefinido e infinito que se va transformando a sí mismo en todos los tiempos. La escritura se establece como un diálogo interminable de los vivos con los muertos. Esa es la tradición oriental. En China, los autores ausentes no dan jamás por finalizada su creación, revisan sus propios poemas, ya de todos, a través de los vivos. En Occidente, la tradición supone erróneamente que los vivos modifican a los muertos. Shelley casi coincide con estas apreciaciones cuando dice que los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe en todas las edades. En la India, la poesía no es sólo el lugar en donde escuchamos hablar a los muertos, sino donde oímos manifestarse a nuestras identidades muertas. Lo que fuimos, nuestras experiencias anteriores, nuestra memoria de las vidas pasadas, es la inspiración del poema. El poema habla de nosotros mismos, narrando una realidad cuya memoria así no se pierde. En la lectura de un poema tenemos la oportunidad de escuchar las voces ausentes, cobran vida a través de estas palabras por ellas inspiradas. Palabras de la resurrección, de la reencarnación. Heidegger se refiere al carácter esencialmente lingüístico de la poesía y de la existencia humana. No somos nosotros quienes tenemos un lenguaje, sino que es el lenguaje quien nos posee. Y lo hace tanto del ser como del no ser. El lenguaje no es sólo raíz, sino también exilio, lo cercano y lo lejano. Es la poesía, a través del lenguaje, quien mantiene estas contradicciones. ¿No coincide el filósofo alemán con el clásico chino? Los poemas viven miles de vidas subsecuentes en otros poemas, lo que Robert Duncan llamó «gran collage». ¿De dónde viene el poema? Blanchot se refiere a la inspiración como lo anterior al poema, el poeta no existe hasta después del poema. La inspiración no es el don de un secreto o de una palabra que se le concede a alguien que ya existe; es el don de la existencia que se le da a alguien que aún no existe. Del poema nace el poeta, dice el pensador francés en La part du feu. El poema ya existe, está en los maestros de antaño que eligen a quién se lo revelan, a quién hacen poeta. ¿Inspiración o un trabajo continuado entre los vivos y los muertos? Aunque la obra sea anterior a uno mismo, su perpetua inconclusión la convierte en algo abierto, también creativo. Valéry tenía razón cuando afirmaba que la inspiración es la hipótesis que reduce al autor al papel de mero observador. Pero quien observa es el poema, es la lengua que elige a quien corrige o añade y hace crecerlo en la nostalgia de aquello evocado por el propio poema. Octavio Paz contempla a un anciano hablar consigo mismo y se pregunta: «¿Con quién hablamos al hablar a solas?». El anciano no escucha a nadie, rumia el poema de antaño que entregará al siguiente.