HORROR VACUI EN MANHATTAN (I)

La Voz

OPINIÓN

XERARDO ESTÉVEZ

29 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

En las postrimerías de 2001, quiero abordar desde una perspectiva urbanística y arquitectónica el tema que, sin lugar a dudas, marcó el signo del año. Me refiero al horrendo atentado de Manhattan. Las escenas del choque de los aviones y el desmoronamiento de las Torres Gemelas han quedado grabadas en la mente de toda una generación y estamos avocados a reproducirlas continuamente. De las muchas imágenes de esta tragedia que han impresionado nuestras retinas, hay tres que se singularizan entre todas, invitándonos a hacer otras tantas lecturas desde perspectivas diferentes. Una, posterior en unos días al desastre, es la imagen de la carcasa de una de las torres que trae a la memoria un cuadro muy conocido: la torre de Babel de Brueghel. La torre de Babel es el símbolo del fracaso del hombre en su vano intento por llegar al cielo; en castigo por su arrogancia, Yahvé provoca la confusión de las lenguas y la consiguiente dispersión de los pueblos. Comparado con la ilustración del relato bíblico, ese resto de muro reticulado, como un paramento de sebka que se sostiene precariamente en pie sobre el amasijo de escombros del World Trade Center, viene a ser el trasunto del discurso filosófico derridiano: espectro, huella, resto, ruina, ceniza. En el cuadro como en la realidad, esas dos formas curvas, la torre de Babel como una edificación sobrehumana inacabada y la de Nueva York que es una completa ruina, son como el manifiesto de sendos retos inalcanzados. El talón de Aquiles del neoliberalismo urbano radica en que ha hecho de los instrumentos tecnológicos y de las infraestructuras rápidas dioses y no medios, que miramos con cierto papanatismo. Se ha podido comprobar que son vulnerables, que no están asegurados a todo riesgo. Mientras se reiteraban ciertas secuencias de la tragedia, se nos ha ocultado intencionadamente otra imagen quizá más pavorosa: la del hueco producido por el desplome de los edificios. Un agujero inconmensurable lleno de un conglomerado de restos humanos y tecnológicos, de entes mediáticos, de firmas punteras que representaban la elite de las finanzas mundiales... Restos de la caída de un símbolo reconocido por todos, presente hecho memoria en cuestión de una hora que, por haber sido testigos directos del acontecimiento, no hemos tenido tiempo de asimilar. Ese vacío humeante es, aunque no podamos verlo, lo que nos sigue produciendo horror. ¿Y qué hacer con la huella del desastre? Frente a la tentación de alzar un proyecto más asombroso, el vacío del WTC necesita silencio, reflexión, diálogo, como un lugar donde pueda producirse el encuentro entre las opiniones de poderes públicos, ciudadanos, profesionales, técnicos, promotores. El frenesí constructivo en el que estamos inmersos, donde el inmobiliarismo ha primado sobre cualquier otra opción de crecimiento y desarrollo, requiere una pausa. Las ciudades, como entes con vida propia, precisan un ritmo, un compás, cierto sosiego, capacidad de aprehender el conjunto de acontecimientos y relaciones que se producen cada día. Las ciudades lo necesitan porque los ciudadanos lo necesitamos. Tantas cosas efímeras, tanta información, tanta construcción, pueden acabar con nuestra capacidad colectiva de reflexión, sencillamente porque no somos capaces de asimilarlo.