XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
28 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.La especialidad de Mariano Rajoy es, en términos muy parecidos a lo que decía Julio César, el veni, vidi, vici... et proficisci, que quiere decir algo así como «llegué, ví, vencí y me fuí corriendo, antes de que empezasen las revisiones». Y por eso es tan difícil rastrear su huella en los variados cargos que ejerció. Claro que, para disfrutar del impresionante curriculum que luce a su edad, no es suficiente con la astucia que todos le atribuyen, sino que debe contar, además, con ese otro componente político que Maquiavelo describió como la fortuna. Y así se explica que aparezca siempre en momentos críticos, cuando basta con estar quieto y callado, y dar sensación de serenidad, para que la gente quede entusiasmada y se ponga a elogiar los silogismos en bárbara. Tuvo el Ministerio de Administraciones Públicas cuando la estrategia del PP consistía en decir que sí a todo lo que pedían Arzalluz, Pujol y Chaves. Después se fue a Educación, donde comentó una etapa de la Vuelta Ciclista y amagó con la supresión de la selectividad, mientras su silencio político servía de contrapunto al caos sembrado por Esperanza Aguirre. Su misión consistía en hacer que la gente se olvidase del Ministerio más importante de España, y, en premio a su indudable éxito, ascendió a la vicepresidencia del Gobierno, ya que era el único que podía ejercer tan alta responsabilidad sin empañar el liderazgo mundial de Aznar. Y, finalmente, aterrizó en Interior, cuando Mayor Oreja se había estrellado contra sus propias obsesiones, y cuando le bastaba con estar quieto y callado, y no meterle los dedos en la boca a Arzalluz, para que todo el mundo respirase aliviado por la distensión auspiciada -¿cómo no?- por Mariano Rajoy. Por eso saludé con entusiasmo su nombramiento, convencido de que su alejamiento de la casuística diaria iba a dar dos frutos importantes: dejar que la política vasca ganase autonomía informativa frente al mundo marginal de ETA, y recobrar una visión compleja del orden público democrático. Porque, si malo resulta que el terrorismo determine la política vasca y la respuesta refleja del aparato policial y judicial del Estado, peor me parece que España se convierta en campo de Agramante para las mafias del Este y para todo tipo de delincuencia surgida al abrigo de la globalización. ¡Vana esperanza! Los delincuentes se pasean como Perico por su casa, el tráfico mata como siempre, la policía reprime a los estudiantes como lo haría Alonso Vega, los ajustes de cuentas son diarios y la política de inmigración es más regresiva que nunca. ¿Y Mariano? Dale que te pego con Batasuna, y sólo con Batasuna, buscando, en lo obvio, la comprensión de su fracaso. ¡Como todos! ¡Como siempre!