EL AÑO MÁS CORTO, LA GUERRA MÁS LARGA

La Voz

OPINIÓN

EDUARDO CHAMORRO

26 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Hay quien mide, señala y sopesa los años por la particular intensidad de sus emociones colectivas, lo que puede ser injusto, pero puede que lógico. También se dice que todas las horas hieren salvo la última, que mata, y parece muy cierto. Así las medidas, creo que este año pasará por uno de los más cortos de cuantos podemos contar a nuestro alcance. Recuerdo que allá por la primavera, Mariano Antolín Rato me confesaba su ansiedad no ya porque pasaran los días del 2001 sin que ocurriera cosa alguna que mostrara un sesgo memorable, sino porque con semejante carencia, tampoco entraba el milenio en su palpable comienzo. ¿Y para qué quiere uno un año -y, mucho más, un milenio- si no trae dentro algo que lo señale de modo indeleble? Uno puede vivir pendiente de ese tipo de cosas sin apenas darse cuenta, lo que quizá tenga algo que ver con la afinidad de nuestra cultura con el mundo del espectáculo. Hay películas que pueden ir por la mitad de su metraje sin haber comenzado realmente. Ocurre también con algunas novelas, poemas, crónicas, sinfonías, cuadros, con la mayoría de las cartas de los restaurantes modernos, con casi toda la escultura contemporánea y puede que con algunos de los artículos que uno escribe. El caso es que llegó el 11 de septiembre y todos fuimos conscientes de que el milenio acababa de iniciarse con un golpe de taco de carambola incalculable. Tan incalculable que cien días después, en pleno acabose del año, nadie puede decir con propiedad cómo y por donde va a acabar esta condenada historia de Bin Laden. Y caben sospechas de muy variada índole acerca de que, acabada la fase de Afganistán -dicho sea con todas las reservas- la guerra contra el terrorismo pueda convertirse en una cadena de frustraciones protagonizada por la sucesiva esfumación del terrorista y el no menos sucesivo machacamiento del territorio donde se le suponga sucesivamente oculto. Esto haría de la conducción de todas las guerras anteriores una fórmula simplemente histórica, desplazada por un nuevo modelo bélico en el que la inteligencia militar, los servicios secretos y todas las agencias de información reservada se harían inservibles en cuanto a la localización del enemigo, sirviendo tan sólo para corroborar, una vez examinado el terreno hecho polvo, que no está, que se ha ido, que se ignora su paradero, que vaya usted a saber. Eso, que puede ser el nuevo modelo bélico del Tercer Milenio, no es modo de llevar una guerra Porque si de lo que se trata es de neutralizar -es decir, acabar de un modo u otro, pero acabar- con Bin Laden y los secuaces de su red, eso es precisamente lo que hay que hacer. Y si tal como lo están haciendo no lo consiguen hacer, pues tendrán que dejar de hacer lo que hacen y ponerse a hacer otra cosa más eficaz, más límpia o más sucia, más rentable para propios y extraños. En cualquier caso, esta guerra de Afganistán es rara en el sentido de que ha acabado de repente. Y las cosas, cuando acaban de repente, es que siguen de otro modo. Nadie tiene constancia de que Bin Laden haya muerto. De lo único que tenemos constancia pública es de que hay gente que mantiene viva la idea de volar aviones en vuelo. Así pues, nada permite pensar que la guerra ha acabado. Puede ser incluso la guerra de nunca acabar. Quizá tengamos que hacernos a esa idea de una manera o de otra. Lo que tiene muy poca gracia. Las guerras de nunca acabar hacen los años larguísimos.