¡MATADLOS A TODOS!

La Voz

OPINIÓN

IGNACIO RAMONET

25 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Tito Livio nos cuenta esta historia ocurrida según él en 385 antes de Cristo. Vencida y cercada, Roma decidió negociar con los galos que la asediaban. El Senado encargó a los oficiales militares que pactasen con los jefes bárbaros. Se llegó a un acuerdo: para librarse del asedio, Roma habría de entregar mil libras de oro, un rescate miserable «para un pueblo que pronto dominaría al mundo». «A este hecho ya de por sí humillante -escribe Tito Livio- se añadió otro gesto escandaloso. Las pesas utilizadas por los vencedores eran falsas. Y como los oficiales romanos protestaran, el jefe galo Bren tuvo la insolencia de echar encima de las pesas su propia espada y de pronunciar estas palabras insoportables para los romanos: «Vae victis, desgracia para los vencidos!». En Afganistán, la desgracia de los vencidos va más lejos aún, pues todo indica que los norteamericanos sencillamente no quieren dejar con vida a ninguno de los miembros de la secta terrorista Al-Qaeda. Ni siquiera cuando se rinden y se constituyen prisioneros. En varias ocasiones, en Kandahar y en Tora Bora, los oficiales norteamericanos se mostraron inflexibles y se negaron a aceptar los pactos y acuerdos de rendición establecidos entre los miembros de Al-Qaeda y las fuerzas antitalibanas aliadas. Exigieron que se prosiguiesen los combates hasta la liquidación de los supervivientes. «Hay que matar a todos los combatientes de Al-Qaeda, y hay que matarlos ahora. Nada de aceptar que depongan las armas», exigieron miembros de la CIA a los combatientes de la Alianza en el frente de Tora Bora. Ya el pasado noviembre, después de la toma de Mazar-e-Sharif, más de 400 miembros de Al-Qaeda, concentrados en el fuerte-prisión de Qala-i-Jangui, fueron despiadadamente liquidados so pretexto de una insubordinación. En Kandahar, a primeros de diciembre, la prensa descubrió en los alrededores del aeropuerto más de mil cadáveres de voluntarios árabes... En Tora Bora se estima que los miembros de Al-Qaeda abatidos en combate o destrozados por los bombardeos supera el millar... «No queremos que se escape ningún terrorista de Al-Qaeda -ha declarado Donald Rumsfeld, el ministro de defensa norteamericano-. Queremos impedir que se reconstituya la red en otro lugar del mundo. Limpiaremos las grutas de Tora Bora una por una si es necesario». Si la intención es buena, nunca el fin justifica los medios. Y muchos observadores están convencidos de que bajo el justo pretexto de combatir al terrorismo internacional, los Estados Unidos están transgrediendo no sólo las convenciones de Ginebra sino la simple razón humanitaria. Amnisty International y Human Rights Watch han exigido el envío de comisiones internacionales de investigación sobre estas matanzas silenciosas y sobre eventuales crímenes de guerra. Algunos estiman que el uso de bombarderos B-52 y el empleo de la técnica de la alfombra de bombas ya constituye en sí mismo un crimen de guerra, pues esta técnica, que la aviación alemana usó por primera vez para destruir Guernica en 1937, no distingue entre el objetivo militar y sus alrededores y causa muchas víctimas inocentes. En Afganistán se calcula que el numero de víctimas colaterales de los B-52 igualmente supera el millar. Otro crimen también lo constituye el uso indiscriminado, y prohibido por la Convención de Ottawa, de las bombas de fragmentación. Muy controvertidas, estas bombas (cluster bombs) son como muñecas rusas, que contienen otras mas pequeñas en su interior. Cada B-52 suelta una treintena de gruesas bombas (CBU-87); cada una de ellas desparrama más de doscientas bombas pequeñas (LU-97), y cada una libera trescientas granadas de color amarillo y del tamaño de una lata de cerveza. Por consiguiente, cada bomba de fragmentación disemina más de 60.000 ingenios explosivos. Y un solo avión B-52 puede soltar, de una sola vez, ¡más de un millón ochocientas mil bombas! Cada bomba CBU-87 lo destruye todo, personas y material, en una superficie equivalente a una docena de campos de fútbol. Una media del 10% de las pequeñas bombas amarillas no estallan al tocar tierra. De manera que, disimuladas en la arena o en los matorrales, funcionan como minas antipersonales o antivehículos, y siguen sembrando la muerte entre los campesinos mucho después de haber sido lanzadas. A pesar de esta clara intención de matarlos a todos, algunos miembros de Al-Qaeda han sobrevivido y han sido hechos prisioneros por las fuerzas afganas de la Alianza. Los norteamericanos exigen que les sean entregados estos prisioneros sin excepción. Y han construido, en el recinto del aeropuerto de Kandahar, un centro de detención con capacidad para unas quinientas personas, administrado por los marines. Los presos son seleccionados e interrogados por oficiales de la CIA, sin que nadie sepa qué métodos se usan para interrogarlos, aunque se sospecha que se practica con abundancia la tortura. Algunos detenidos han sido conducidos arbitrariamente a lejanas bases militares norteamericanas, como la de Guam en el Pacífico, sin que tampoco se haya informado a la Cruz Roja. «Vae victis!» avisaba Tito Livio. Pero la verdadera moraleja de todo esto la ha expresado el senador democrata Patrick Leahy: «No podemos emprender una guerra en defensa de nuestros derechos y nuestros valores, y renunciar a ellos al mismo tiempo».