MARÍA XOSÉ PORTEIRO HABITACIÓN PROPIA
22 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El joven economista Gonzalo Caballero ha analizado las causas de la divergencia entre política municipal y desarrollo que caracteriza a Vigo desde los 80, poniendo sobre la mesa una realidad que todo el mundo percibe pero no se explica: la ciudad va bien pese a su clase política en una suerte de sino compartido con la realidad italiana. La falta de equipamientos e infraestructuras públicas básicas como un auditorio, un palacio de congresos, museos con proyección, remate de la circunvalación, integración del puerto en la ciudad o el nunca hallado equilibrio entre crecimiento y desarrollo urbanístico, dan una idea del desconcierto que parece haberse apoderado de la ciudad más poblada de Galicia. Ni en los sucesivos gobiernos de coalición de los cuatro primeros mandatos municipales democráticos presididos por Soto y Príncipe, o en el mayoritario de Manolo Pérez como alcalde del PP, ni en el bi-gobierno actual presidido por Castrillo con BNG y PSOE discutiéndose el liderazgo, los vigueses han cumplido sus expectativas. Ya han pasado por el concello las tres fuerzas políticas predominantes en Galicia desde la llegada de la democracia y en ningún caso se puede decir que la ciudadanía se haya sentido satisfecha. Subyacen problemas de índole sociológica que discurren en paralelo a la política y la economía: la falta de una conciencia colectiva debida al agrupamiento forzoso de tres municipios diferentes: Bouzas, Lavadores y el Vigo original, producido en un breve período de tiempo, podría explicar la falta de identidad compartida. La situación de periferia administrativo-política que no hace justicia a la capital que de hecho es, podría asociarse con la falta de peso que la vida política ha ido generando, siempre en confrontación con otros poderes de ámbito provincial, autonómico o estatal para reclamar un trato justo hacia la numerosa población y las complejas necesidades que padece. Por otra parte, los mejores talentos que produce esta ciudad se van a la actividad empresarial, profesional o a otro nivel político. Nadie en su sano juicio dejaría la presidencia de una Caja de Ahorros, de la Zona Franca o de Pescanova, por ejemplo, para poner orden en la cosa municipal. Ante la duda de quiénes serán los próximos candidatos, observamos en el PP a dos vigueses en lugares claves de la política autonómica como el super-conselleiro de pesca, Enrique López Veiga, o Perly Porro, flamante conselleira de Bienestar Social, pero esto los sitúa cada vez más lejos del escenario municipal, porque cuanto más alto lleguen, más dura podría ser la caída. El PSOE pone la mirada en hombres con capacidad y prestigio que no militan en sus filas, como el rector Domingo Docampo, o el médico Hixinio Beiras, pero éstos parecen otear -sin involucrarse- la melé vergonzosa en que se ha convertido el partido socialista en esa ciudad. Las próximas elecciones sitúan a Vigo nuevamente en la encrucijada. Tal vez el Cristo de la Victoria o el dios de los ateos, se compadezcan del vicus spacorum y le permitan recobrar el rumbo y la autoestima.