EL LIBRO DE ZAPATERO

La Voz

OPINIÓN

ENRIQUE CURIEL

20 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Javier Arenas nos explicaba hace días que José Luis Rodríguez Zapatero, al viajar a Marruecos en estas condiciones, había cometido «un error de libro». Ignoro qué libro maneja el secretario general del Partido Popular, pero afortunadamente no es el mismo que utiliza Zapatero. Ultimamente, el tremendismo, tan criticado en los ámbitos taurinos por sus lances llamativos y vacíos de contenido, goza de gran autoridad y prestigio en el Gobierno y entre los portavoces populares. Sin embargo, no sólo no tienen razón, sino que deberían de comprender que una sociedad democrática adulta no puede ser gobernada a golpe de descalificación, insulto o acusación inasumible contra toda la oposición. Cuando no se es «aliado del terrorismo», como en el caso del PNV, se comete el delito de «deslealtad» con España, como Zapatero, o bien se pretende romper la Constitución, como Maragall. Una cosa es que Aznar haya decidido cumplir su promesa de limitar a dos sus mandatos en La Moncloa, y otra, bien diferente, es que practique una política de tierra quemada, contra todo y contra todos, al no tener que superar nuevos exámenes en las urnas. El viaje de Zapatero a Marruecos ha sido una buena prueba de lo anterior. El Gobierno tiene pleno derecho a criticar las iniciativas de la oposición sin olvidar que él es el controlado y no el controlador. El mismo derecho que le asiste a la oposición para ejercer sus tareas con plena libertad. Serán los ciudadanos los que juzguen sus aciertos y sus errores. Zapatero asumió un riesgo político evidente al mantener su agenda en Rabat a pesar de la intensa tremolina desencadenada contra él. Y ha acertado. Pedirle ahora responsabilidades al líder socialista porque no ha convertido a la polémica monarquía marroquí en una impoluta monarquía inspirada en el modelo británico es, cuando menos, una broma que maldita la gracia que tiene. Sin duda las relaciones con nuestro vecino habrán mejorado y no es imposible que el regreso de su embajador a Madrid cierre este desdichado incidente, cuyas razones dice desconocer el ministro Piqué. La diplomacia es un arte excelso y difícil para el que Aznar no parece muy dotado. Y la diplomacia marroquí es sutil e inteligente, convertida en un puño de acero envuelto en suave terciopelo. El deseado consenso en política exterior debería haber aconsejado a Aznar apoyar el viaje de Zapatero y no al contrario. En todo caso, alguien tenía que ir. Los problemas derivados de la inmigración, la digna integración de los ciudadanos del Magreb en la sociedad española, la herida abierta en el pueblo saharaui, las polémicas sobre la pesca, el combate contra la delincuencia organizada, y el contencioso sobre Ceuta y Melilla merecen atención y menos soberbia.