CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
20 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Decía Rilke que la única patria del hombre es su infancia. Sería la suya. Hay otras infancias infames, muchos niños apátridas que sólo mueven a la pena. Leo el afinado reportaje de Raúl Romar en La Voz sobre prostitución y pornografía infantil y me pongo enfermo. Los testimonios de los chavales son terribles. «Me dejó en una bañera de agua fría, me amarró a la cama con cintos y me apaleó» (14 años). O «los hombres nos preguntaban nuestra edad, porque querían a las más jóvenes» (16 años). O «estamos jugando a las máquinas y vienen a buscarnos los clientes» (14 años). No llega la lista de insultos del capitán Haddock para poner a parir a estos tarados. En un suceso reciente se habló de que un bebé de meses sufrió abusos antes de morir. ¿Quién ve morbo en un bebé? Crecen las páginas de pornografía infantil al ritmo de cien webs cada día. ¿Quién está detrás de ese ordenador que abre imágenes de niñas desnudas? Basura de lo peor. Me piden que sea más optimista, que el cielo es azul, que el sol brilla. Pero uno lee estas cosas y nota como la inmundicia le llega hasta las orejas. Y qué difícil se hace remar entre tanta mierda. Ojalá explotasen por los aires los que explotan a los niños.