LAS PRIMERAS CONSECUENCIAS

OPINIÓN

16 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Frente a la idea fundacional de la democracia, que da por sentado que cada problema puede ser abordado desde perspectivas diferentes y con distintas soluciones, el pensamiento único tiende a afirmar exactamente lo contrario, que sólo hay una solución para cada problema, y que el no admitir esa solución del poder dominante es tanto como negar el problema o situarse del lado de los malos. Hasta hace una década, cuando se puso fin a la guerra fría y al antagonismo radical de los sistemas económicos, había una necesidad general de comparar análisis y soluciones, y toda la cultura de Occidente se vio favorecida por líneas de pensamiento que, impulsadas por científicos como Popper o Sartori, insistían en las bondades de un pluralismo basado en la falsabilidad de todas las propuestas eficaces. Pero las cosas cambiaron mucho, y, casi sin darnos cuenta, nos hemos sumergido en un andacio de pensamiento único que, elaborado a partir de la caída del socialismo real y la globalización de corte capitalista, está penetrando en los reductos más sagrados del pluralismo, hasta llegar incluso a los parlamentos. Por eso hay muchos temas que, como la lucha contra ETA o la respuesta al 11 de septiembre, están hurtados al debate político, mientras los ciudadanos nos vemos obligados a sustituir nuestras preferencias y opiniones por una irreflexiva adhesión a las políticas dominantes. Nadie puede decir, por ejemplo, que el terrorismo es un fenómeno tan plural como la propia realidad política y social, y que por ello obliga a tratamientos diversos en cada caso, lugar y circunstancia. Tampoco se puede recordar que el terrorismo es un fenómeno al que -salvo la conocida y compleja realidad de los Estados gamberros- no se le puede adjudicar un estatus militar, y que, por eso mismo, no puede ser tratado eficazmente con técnicas de guerra. Y nadie puede exigir un balance de resultados, o criticar a los gobernantes -¡faltaría más!- por sus hipotéticos fracasos. Por eso no pudimos advertir a Bush de que la guerra de Afganistán iba a incendiar muchos polvorines silenciosos, o de que su declaración de guerra al personaje Bin Laden no era más que una profecía de lo que ahora está pasando en Israel entre Sharon y Arafat. Terminada -¡es un decir!- la guerra contra los talibanes, es una evidencia que la situación del mundo está peor que antes, que hay más zonas calientes, que el conflicto palestino-israelí volvió a punto cero y que la carrera de armamentos condiciona toda la política internacional y del desarrollo. ¿Por qué? Porque nadie puede decir -ni siquiera yo- que una vez cometido el error inicial, el 11 de septiembre, llevamos tres meses huyendo hacia adelante.