UNA NEGRA SIMETRÍA

La Voz

OPINIÓN

EDUARDO CHAMORRO

14 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Arafat lleva mucho tiempo, quizá demasiado, jugando a las posibilidades de combinar los dos extremos de una contradicción: negociar una paz auténtica con Israel y salir indemne de entre los suyos, por un lado, y, por el otro, ofrecer la manga más ancha a los suyos sin que Israel se lo haga pagar de una manera tajante. Y ahora, al cabo de más de tres décadas viviendo casi de milagro y cuando el tiempo se le echa encima con expresiones cada vez más lacónicas, es el momento en que sobre el líder palestino se cierne el interrogante que nunca acertó a plantearse (o bien sólo lo hizo en su modalidad pesadillesca): ¿quienes son los suyos? Una pregunta tan ominosa como para admitir la siguiente respuesta: aquellos que menos esperan conseguir u obtener con la desaparición física de Arafat. Por encima de esa medida nadie quiere a Arafat. La historia del conflicto palestino-israelí, vinculada de un modo fluctuante con el escenario de una solidaridad islámica sumamente imaginaria, no ha impedido el nacimiento y desarrollo de una serie de conflictos intermusulmanes que van desde las ambiciones más o menos imperialistas de los unos sobre los otros a las guerras internas entre las distintas facciones.Y no lo ha impedido porque el mantenimiento de un conflicto con los de fuera y otro con los de dentro forma parte de una cierta tradición histórica entre musulmanes, con no mucho margen para la democracia. Los ejemplos de lo que digo son palpables desde el Sahara occidental hasta el propio Afganistan, a lo largo de una franja africano-asiática donde no está tan claro que la historia no sea la de nunca acabar. Los desdichados palestinos y los no mucho más afortunados saharahuis son evidencias de que hay maneras de hacer política mediante la voluntad acendrada de no hacer política alguna. Arafat es un aventajado discípulo de esa escuela. Ariel Sharon también. En realidad, buena parte de la responsabilidad de que Sharon no esté haciendo política alguna recae en Arafat que, con su negativa a hacer política cuando todos se lo dijeron por activa y por pasiva -desde Shlomo Ben-Ami hasta Aznar-, dio lugar a que Sharon ganara la jefatura del gobierno israelí. Arafat es tan diestro en la evasiva que ya nadie está seguro de que sepa distinguirla del pasteleo. Su última oferta a Hamas, ofreciendo al grupo integrista la libertad de su líder, el jeque Yasin, a cambio de lealtad a la Autoridad Palestina, ha llevado el anhelo de pasteleo y el drama de las evasivas a la cumbre del patetismo. Con todo el carisma de una prolongada supervivencia a las espaldas, Arafat se encuentra ahora en la encrucijada de que la preservación de su supervivencia es lo que le impide utilizar su carisma para imponer orden y autoridad -si es que alguna vez impuso tantas cosas-. Este momento patético de Arafat, con sus evasivas y pasteleos, viene a ser la simetría de la prevaricación no menos patética en la que milita Ariel Sharon, cuya generosidad en la entrega a los colonos judíos de una tierra cuya propiedad es dudosa, es también la expresión de la más escasa voluntad de imponerles disciplina, autoridad y orden. Sharon y Arafat se han encontrado con lo que quizá de algún modo buscaban: la expansión de las colonias judías es el fenómeno del que se nutre la Intifada, definiendo un nudo tan gordiano para el gobierno de Sharon como el planteado por el radicalismo islámico para la Autoridad Palestina de Arafat. Son cobardías simétricas que ambos comparten con una responsabilidad cuya carga mayoritaria están encantados de atribuirse con reciprocidad y por turnos. Están tan hermanados en eso, que podrían resolver la cuestión de un modo impensable por lo espectacular que resultaría su ejemplo. Podrían encerrarse armados hasta los dientes en un hangar en el que dirimieran a oscuras sus diferencias. Con la única condición de que ninguno saliera vivo. Ambos arrastran tanta cantidad de Muerte como para poder discutir a solas lo que les quede de vida.