CÉSAR ANTONIO MOLINA
14 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Según cuenta en sus memorias Alfred Bardey, el patrón de Arthur Rimbaud en Adén, cuando Verlaine descubrió la dirección de su antiguo amigo le envió varias cartas que el destinatario ni siquiera abrió rompiéndolas al instante. Finalmente, para que dejara de acosarle, le mandó una misiva en donde sólo estaba escrita esta frase: «Fous-moi la paix», «¡Déjame en paz!». Aunque en realidad yo creo que debió escribirle «Je te dis merde!», «¡Vete a la mierda»; o mejor dicho, «Merde à la poésie», «¡Que la poesía se vaya a la mierda!». Bardey y algunas otras personas que lo trataron en África confesaron que jamás les habló de la existencia anterior ni de su relación con la literatura. Cuando a este patrón ilustrado, que descubrió de manera casual la verdadera personalidad del empleado, le pidieron un prólogo para una edición de las cartas africanas, declinó el honor con estas palabras: «No quiero que Arthur venga a retorcerme los dedos de los pies durante la noche. Ya me resultó bastante complicado tratarlo en vida». Mientras Rimbaud se encontraba en Tadjourah se publicó sin él saberlo las Iluminaciones, un conjunto de hojas dispersas que reunieron varios amigos. En la introducción se hablaba del autor como difunto. Y en verdad lo estaba. Dejar de escribir es como cambiar de identidad. Blanchot dice: «¡Qué absurda es la voluntad de escribir! Escribir es el fracaso de la voluntad». Proust hablaba de las enfermedades de la voluntad. Sin embargo ¿por qué nunca llegó a cambiar de nombre? Cocteau, Stierlin y Briant, en los años cuarenta del pasado siglo, dijeron haber descubierto un graffito en una columna, en el Valle de las Esfinges de Luxor, donde nació Amenofis III, con una inscripción que ponía RIMB y la fecha de 1887. Estaba a algo más de dos metros del suelo, a una altura que el brazo extendido del poeta podía cubrir. En realidad también lo que garabateó, de ser cierta su autoría, fue RIP. Es decir: «¡Que la poesía descanse en paz!». Rimbaud y Conrad son contemporáneos de errancia. El polaco viaja por el oscuro y humeante interior ecuatorial de África rodeado de tinieblas. Mientras que el francés avanza por los desiertos y montañas del este donde la ausencia de hombres lo acerca más a la Nada. Rimbaud convive con el vacío silencioso, con los horizontes repletos de espejismos, con los gritos de los chacales. Así también fue su poesía de premonitoria. Mallarmé comentó que a él le preocupaban poco las baratijas que vendía, y sí mucho más «los paisajes que apuraba, sediento de vacío y libertad». Rimbaud transportó incienso, marfil, almizcle, goma, café, pieles, armas viejas y caducadas e, improbablemente, hasta esclavos. Aquel hombre que se retrata a sí mismo vestido con una chaqueta de color claro con grandes bolsillos, amplios pantalones blancos, con una camiseta de algodón igualmente limpia, zapatos de cuero con forma semejante a unos zuecos y sin que podamos comprobar los deslumbrantes ojos azules claros a los que todo el mundo se refiere como elementos sobresalientes de un rostro adusto, permanecía días enteros encerrado en un mutismo insondable. Uno de sus mejores biógrafos Charles Nicholl, cuenta cómo en las fronteras entre las tribus que frecuentó, había ferias en donde el comercio se realizaba sin hablar. Eran los denominados Mercados de silencio. Adén, Harar, Djibouti, Tadjourah, Shoa, Ankober, Entotto, el Cairo, Alejandría, Massaouah, visitó todas estas ciudades con las caravanas de sus mercancías. Caminaba acompañado de un rifle, apenas comía y bebía, dormía entre los animales, tenía el don de lenguas, era áspero, tacaño, misántropo, irascible, fumador, bebedor de cerveza y café turco. Una noche, aquel combatiente de la Comuna de París, lo único de lo que se vanagloriaba, envenenó a varias docenas de perros vagabundos que merodeaban las tiendas. Así de cruel fue con la poesía. «Merde à la poésie». ¡Qué gran verso!