Sorprendió a todos el alto número de estudiantes universitarios que ha secundado la huelga contra la LOU, apoyo espectacular a la vista de su posmoderno desinterés por la política. Su importancia aumentaría si fuera cierto, como protestan los autores, que las previsiones del proyecto en trámite no afectan a los presentes matriculados. Por ello, conviene indagar si de la algarabía sale algún mensaje. Los más desconcertados fueron los políticos, que no contaban con tamaña oposición, y no acertaron a interpretar la novedad y modificar el guión. Y, tan innovadores ellos, trataron de descalificarla salmodiando a coro cantilenas del catálogo: que si la estudiantina está manipulada por instigadores resentidos y pescadores de río revuelto, que vaya señoritos vagonetas y jaraneros, que luengos años iban sin una huelga que llevarse al currículo. Un imperante despachó el suceso con la profecía de que el 99% de los protestantes no conocían el texto, reproche con rosca contra el diputerío de un Congreso que lo pasó en menos horas que el otro hacía comedias. Nuestros gobernantes hablan mucho de ella, pero se ocupan muy poco por la suerte de los hijos e hijas de familia una vez que dejan el bombacho y cortan las trenzas. Porque, si bien se mira, las condiciones actuales no les ofrecen a la mayor parte de la muchachada sino un futuro más bien sombrío: pocos empleos con aliciente, duración incierta de los contratos y salarios bajos o de miseria. O sea, que tienen que animarse a invertir grandes esfuerzos en una formación que no saben si les valdrá para realizar su proyecto de vida. La competencia en la jungla profesional es cada vez mayor, y para muchos se torna en derrota de ilusiones y humillación. La sociedad de la opulencia, despiadada, está reduciendo a los jóvenes a la condición de consumidores y mercadería laboral. La juventud ya no es como pasear una mañana de pájaros. Ante este telón de fondo y su no inexplicada amplitud, no está de sobra preguntarse si el rechazo no anunciará que la inercia juvenil empieza a desperezarse. Requiere la discreción cívica considerar que sea una punta de la masa sumergida del malestar de los jóvenes, no sólo del gremio de estudiantes (que, a la postre, la Universidad no es más que un pedazo de vida social y llueve dentro la misma piedra que fuera: eso de que está alejada de la sociedad es una gracia de bocazas que arreglan el mundo mientras se atracan de marisco). Interesa anticiparse a la jugada, porque el descontento tarda en calentarse pero rompe a hervir en un santiamén. Con su negativa a debatir a fondo el proyecto, el Gobierno da la impresión de que no está en condiciones de convencer a la opinión pública. Las leyes no se hacen en la calle, pero sí para la calle.