ELOGIO DE LA PESETA

La Voz

OPINIÓN

RAMÓN PERNAS

10 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Mi salvoconducto en ese difuso e impreciso límite que separa la infancia de la adolescencia fue un inmenso capital consistente en diez pesetas (0,06 euros) de papel ahorradas una a una, domingo tras domingo, y guardadas en una cajita inglesa de latón. Me sentía seguro contando hasta diez, una y cien veces. Cuando crucé la barrera de la mocedad más joven sólo dejé una peseta como recuerdo de mi primer capital. La utilicé de marcapáginas tal vez en un libro de Verne que comandaba el capitán Nemo. En una mudanza, acaso en un desván, se quedó aquel libro y la primera peseta, tal vez la última de papel. Con su desaparición comenzó mi oficio de hombre. Tenía ya, ufano estaba, diez años y había aprobado el ingreso de bachillerato. Nunca me gustó su nombre; prefería, por eufónicos, los de la lira o el marco, el rublo e incluso el dólar. Ante ellos la peseta se me aparecía como tímida y pequeña, doméstica como de andar por casa. Sus antecesores el ducado o el maravedí resultaban más rotundos, debía de ser porque ambos eran monedas de un imperio donde según los libros de historia no se ponía el sol. Ahora la peseta tiene los días contados. Desaparece uno de los pocos símbolos de la vieja soberanía. La popular rubia se extingue y nuestra divisa cambia de género, el euro irrumpe rotundo en un país de países, en la Europa del franco y de la corona, unificando el dinero a nivel continental. Yo quiero rendirle mi homenaje, ubicarla por siempre en la memoria de un pueblo, en el imaginario donde siempre estuvo. Anduvo en coplas como la Dolores, en refranes, en expresiones coloquiales, fue tema de conversación cotidiana, por defecto y por exceso, es decir, por no tenerlas o por tener muchas. Con ella se muere además toda suerte de agrupaciones monetarias mayores y menores, el duro o peso campesino, los reales que ya no existían como el patacón o la mota, también llamada perra gorda, que era justo el doble de los cinco céntimos o perra chica. Adiós peseta, adiós. Últimamente ya tenías poca entidad física, no eras ni rubia, te habían achicado, reducido a la mínima expresión, ya casi no circulabas por monederos y mercados. Tenías una muerte anunciada, a plazo fijo, inapelable, como se mueren los objetos, las cosas, los símbolos. Será dentro de unos días cuando lánguidamente, y por dos improrrogables meses te subordines al euro. Antes vendrán los días navideños. Se gastarán los últimos ahorros, y será también, para los que se pasen en la ingesta etílica, la última ocasión para «cambiar la peseta» en noches de resaca y juerga. Dicho queda.