ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
04 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.¿Se acuerdan de Andreotti? Sí, hombre, aquel político demócrata cristiano que lo fue casi todo en la Italia de la segunda mitad del siglo XX: ministro en veintiuna ocasiones, siete veces presidente del Consejo, senador con carácter vitalicio. Física y psicológicamente retorcido, su aspecto, a medio camino entre clérigo y cobrador municipal, no permitía adivinar en él al sagaz profesional de la política que, entre otras, pronunció una frase que habrá, seguro, de sobrevivir a su memoria. Preguntado sobre si el poder desgastaba, no tuvo Andreotti duda alguna en contestar: «Desgasta, sí... sobre todos a quienes no lo tienen». Manuel Fraga, que es un profesional del poder, como Andreotti, conoce bien esa lección. De hecho, su más larga etapa en el mismo cargo público, la de presidente de la Xunta, no habrá hecho más que confirmarle la certeza sociológica de esa especie de teorema formulado por don Giulio: el poder puede desgastar mucho más a quien hace oposición que a quien gobierna. Ayer presentó Fraga su proyecto explicando como piensa gobernar en Galicia en los cuatro años que tiene por delante: su representación, y las declaraciones entre bambalinas de los líderes del PSdeG y del BNG, que hoy saldrán a interpretar al escenario del Parlamento, son prueba irrefutable de lo fácil que es mandar en comparación con lo difícil que resulta oponerse a los que mandan. El candidato a la investidura colocó a sus señorías un programa denso y largo, donde la cantidad de temas abordados, promesas realizadas y ofertas presentadas desaparecen en el aire. En un trámite como el de la investidura puede uno prometer casi la luna, en el convencimiento de que no habrá después forma de controlar con precisión todo lo que se plantea, se oferta o se promete. ¡Pero ahí esta!: la visión que de sí mismo da el Gobierno es la de conocer todos los temas, estar atento a todos los problemas y dispuesto a aportar todas las soluciones necesarias. Frente a ello, la oposición debe conformarse con criticar a quien promete; o, en su caso, con ofrecer su disposición a dialogar y llegar a acuerdos sobre lo que sea necesario. Una y otra fueron ayer, simplificando, las respectivas respuestas de Beiras y Touriño, que, a cuenta de esta actitud tan diferente, tuvieron ya, antes de salir al escenario, un pequeño rifirrafe. Sería un error para la izquierda, en todo caso, ensayar un modelo en que uno crítica y otro pacta. Pues ese modelo posiblemente acabaría confirmando las casi cínicas previsiones de Andreotti: recompondría, muy probablemente, la correlación de fuerzas entre socialistas y nacionalistas, pero apenas afectaría al Partido Popular.