SUSANA FORTES PUNTO DE FUGA
30 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.En alguna de las emisoras sintonizadas Jim Morrison canta Riders on the storm. Desde el ventanal se ven los edificios de enfrente iluminados por ráfagas de ametralladora o por misiles de crucero Tomahawk. Podría ser cualquier hotel de la cadena Holiday Inn con el vestíbulo atestado de cables. Hay teléfonos y equipos de transmisión por todas partes, cámaras por el suelo, ordenadores portátiles, baterías cargándose en cualquier enchufe, fotógrafos y periodistas fumando y bebiendo en la barra con la radio pegada a la oreja. Afuera las calles están desiertas y las casas son ruinas chamuscadas. De vez en cuando un mortero estalla demasiado cerca. Es Managua en el verano de 1979, Sarajevo en 1993, San Cristóbal de las Casas en enero de 1994, Kosovo, Beirut Oeste, Kigali, Freetown... Da igual. En el reservado de un restaurante libanés de Sierra Leona, tres periodistas y un fotógrafo se dan una cena de homenaje entre risas y recuerdos de otras guerras. El humor es el mejor recurso para mantener el miedo a raya, no tomarse a uno mismo demasiado en serio. Sólo así puede fotografiarse la morgue de una ciudad devastada o informar de una matanza con veinte o treinta muertos sin que ninguna vibración interior desenfoque el objetivo de la cámara. Aunque a veces después de un mes de aguantar el tipo sin pestañear, estos informadores tensados a acero son capaces de echarse a llorar cuando ven a un perro con la pata destrozada cojeando al lado de un basurero como le ocurrió a R.L.; o se ponen a rezar de puro no creyentes para que la metralla, por favor, no alcance la unidad de sonido donde viaja la intérprete de la que se han enamorado, como le pasó a A.A.; o se emborrachan deliberadamente en el bar del hotel mientras los serbios vuelan su habitación de un bombazo, la 326; o combaten el pánico contando las ratas en un sótano de Mostar como otro que yo me sé; o entran en el Sarajevo asediado por la puerta del monte Igman, subidos al lomo de una moto de trial de 650 cc como hizo una vez Miguel Gil Moreno. «Tened mucho cuidado en Masiaka», les advirtió Miguel a varios periodistas después de la cena en el restaurante de comida libanesa de Freetown. Tenía un mal presentimiento. Poco después lo cosían a tiros en el cruce de caminos de Rogberí, Sierra Leona, hace ahora año y medio. Esta vez le ha tocado a Julio Fuentes y a cuatro compañeros de cámara o escritura. Ya son ocho los periodistas muertos en las escasas semanas que lleva el conflicto de Afganistán. Dice Arturo Pérez Reverte que todos los reporteros, cuando los matan, «dejan en el hotel la cuenta sin pagar, camisas sucias en el armario, un mapa con chinchetas clavado en la pared y una botella de whisky sobre la mesita de noche». Eso es lo que cuenta la leyenda. La verdad es otra cosa. Ahora mismo, mientras alguien lee el periódico en la terraza de un tranquilo café occidental, está cayendo la noche de golpe en las gargantas negras que comunican Pakistán con Afganistán. Y hace viento... Mucho viento.