RAMÓN PERNAS NORDÉS
26 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Marján tiene cincuenta años, todos ellos vividos entre rejas en el zoo de Kabul. El longevo felino fue un regalo de los alemanes al último rey de Afganistán, antes de irse al apacible exilio romano. El viejo rey de la selva está cojo, ciego y desdentado. Acaso sea la imagen más reciente de su país. Mantiene, como símbolo de su fiereza, un desafiante colmillo, es su kalashnikov, su fusil ametrallador, su única y última amenaza. Marján, como su pueblo, también sufrió su particular calvario, sobrevivió al comunismo, a la guerra contra los soviéticos y a los talibanes. Y fue víctima de un atentado, una granada lanzada contra él por un muyahidin juerguista y vengativo que le dejó cicatrices en su rostro y en su cuerpo. Por ahí sigue, esperando la restauración monárquica para poder morir en paz. Porque hoy por hoy, no hay más rey que él en todo Afganistán. Los pueblos guerreros y combativos suelen apelar a las grandilocuencias más primitivas. Días antes del atentado de las Torres Gemelas, otro león afgano fue asesinado por los sicarios de Bin Laden. Masud, líder de la Alianza del Norte, se hacía llamar el león del Panshir. Desde Mesopotamia hasta nuestros días, el rey de la selva fascinó a todas las culturas. Leones hay en bajorrelieves y en medallas votivas, fundidos en bronce, y como pérgolas en palacios. Nuestra historia colectiva tiene en el mayor de los felinos una referencia constante. Yo, que he hecho del circo y su mundo mucho más que una enfermiza afición he visto en las pistas circenses las caras de niños y grandes, entre la admiración y el miedo cuando los leones hacían su número de saltos y desperezamientos. El domador era un dios griego entre su fauna salvaje. Todavía hoy en los circos viajeros, cuando el espectáculo parece extinguirse y es sólo una cita para románticos y enfermos de melancolía, no hay compañía que se precie que no lleve en su elenco un número de fieras. Marján está solo, aguarda la liberación, la enésima liberación de Kabul. Es el icono amable de una guerra cruel e infinita. Tal vez un día habrá otros leones en un zoo sin barrotes, en un país sin barrotes y sin fanatismos. Muchas generaciones de afganos han crecido viendo sestear a Marján en su majestuosidad. Era una diversión gratuita para niños pobres. Estoy seguro que el león lo sabía y estaba orgulloso de ello. Marján, símbolo de todas las resistencias, que supo esquivar a la muerte y el hambre, es la mejor noticia que llega desde Kabul. La más humana, aunque se trate de un animal, porque en ocasiones como ésta son los animales quienes, mal que nos pese, se comportan como no suelen hacerlo los humanos. Y ya se sabe que los animales son bellísimas personas. Algún día, quizá próximo, Marján, contemporáneo del león de la Metro, será sólo un recuerdo, pero estoy seguro que vivirá por siempre en la memoria de los hombres libres.