GAS SARÍN

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ DE SOL A SOL

24 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

El gas sarín mató en el metro de Tokio. El gas sarín es un clásico del terrorismo. La guerra es gas sarín, muerte. Julio Fuentes escribió su última crónica sobre el gas sarín que descubrió en una base de Al Quaida en Afganistán. Hablaba de muertes y no sabía que la suya estaba en esa misma carretera. Él era un periodista. Me gusta la palabra: periodista. El periodista es un testigo, algo incómodo en las guerras y en la paz. Me gusta el periodista que como Julio Fuentes informa hasta el día final. Nunca se deja de ser periodista. Se lleva en la sangre, en el alma. No es corporativismo barato. Ya sé que en la guerra mueren muchos más civiles. Por cierto, la pasión por informar no tiene nada que ver con la bien pagada en ocasiones y tan de moda vanidad por opinar. Fuentes era un informador. Iba, anotaba y narraba. Pura información, de la de toda la vida, de la que se usó en el Génesis: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra». Sujeto, verbo, predicado. Ahora que muchos periodistas quieren ser estrellas y opinar en las tertulias es el momento de mirar hacia la lápida de Fuentes y reivindicar la magia de ir a un sitio, vivirlo y contarlo sin pestañear. En lo bueno y en lo malo hasta que la muerte nos calle.