¡HASTA LUEGO!

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO

15 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Con Eugenio Granell a veces traspasábamos la frontera dialéctica de la ironía y nos deslizábamos por los abismos del más puro humor negro, sabedores de que era el único capaz de estimular las capacidades proféticas de ambos. Teníamos todo un repertorio de maneras de morir extraído de la experiencia literaria y de la vida. En los últimos tiempos le iba añadiendo nuevos descubrimientos como, por ejemplo, el del joven poeta húngaro fusilado por los nazis Miklós Radnóti (1909-1944) que protegió con sus manos los bolsillos en donde había escondido sus últimos poemas escritos clandestinamente y así aparecieron entre sus ropas cuando la fosa común fue exhumada. «El fascismo y el stalinismo, un vacío de ideas rellenado con el imperio del crimen», subrayaba Eugenio. Sin embargo, el caso que más le satisfacía era aquel que contaba de otro poeta catalán del Ampurdán, cuyo nombre nunca llegamos a descubrir pues estoy convencido de que la historia era apócrifa. Dicho individuo en el lecho de muerte pidió un espejo, se miró en él y le dijo a aquel otro allí reflejado: «¡Hasta luego!», pasando a mejor vida. El espejo es el sueño de un signo, escribió Umberto Eco, la presencia de envío a una ausencia. Rimbaud hubiera dicho: «Je est un autre» (Yo es otro). El individuo que envejece, al cual el propio cuerpo aparta del mundo constriñéndole a ocuparse de él mismo, de su cuerpo, incluso a devenir como cuerpo y nada más, debe percibir necesariamente como algo externo el «despojo mortal que lo viste y que al mismo tiempo, desde dentro, lo desnuda; y debe percibir en términos de homicidio la muerte inminente», dice Jean Améry en Revuelta y resignación. Améry (1912-1978), filósofo austríaco preso en Auschwitz, se suicidó en Salzburgo por temor a que la muerte pudiera llegar. Granell a sus casi noventa años murió con una dignidad ejemplar. A pesar de que la carcasa ya no le respondía y las vejaciones que preceden a la muerte le aumentaban, él las asumió con el mismo valor y arrojo como cuando en tiempos se tuvo que enfrentar a balas enemigas. Eugenio siempre fue un buen soldado. «Con Marcel Duchamp, en Nueva York, nos reuníamos Vela-Zanetti, Wifredo Lam, el poeta Bernardo Clariana y yo. Cuatro ex-soldados del ejército leal que, exiliados a causa del triunfo fascista, volvíamos al afán de nuestras vocaciones. A Duchamp, que no fue ni soldado en tiempos de paz, le parecía raro que hubiésemos sido combatientes. A nosotros también». Cada vez más joven El que no quiere morir joven debe procurar envejecer, dice una de esas banalidades en las que se concilia el sinsentido, la profundidad y la lucidez, comenta Améry. Y sin embargo, Eugenio era más joven de mente cuanto más años acumulaba, más lúcido. Sonreía cuando le recordaba aquella oración finesa que decía, «Señor, si me llamas, te sigo de buen grado, pero no esta noche». Eugenio no sólo no creía en la resurrección sino que la consideraba una amenaza: «¿Te imaginas encontrarte otra vez con los mismos imbéciles? Sólo la muerte embellece las triviales mezquindades de la vida». Envejeciendo tenemos que vivir con el morir: una pretensión escandalosa, una humillación sin par que encajamos no con humildad, sino como humillados. A la vista de Eugenio este razonamiento de Améry no sería del todo exacto. Eugenio jamás se sintió humillado, sino afortunado. Le gustaba considerarse como un sobreviviente. Jamás percibí en el maestro un solo signo trágico. Era por naturaleza una persona optimista. «No se sabe si la niebla de Londres hace triste a la gente o si es la gente triste la que hace la niebla de Londres». A Eugenio le gustaba este dicho de Oscar Wilde. Él, por supuesto, estaba convencido de que era la gente triste quien arruinaba el mundo. A Eugenio lo regresamos a la tierra en el pequeño cementerio de la Olmeda. Después de París, Nueva York, el Caribe; después de recorrer medio mundo por el intrincado siglo XX, lo dejamos reposar en esta ladera, sobre los huertos cultivados, en el lecho de un cauce antiguo, frente a las picudas agujas del Palacio de Goyeneche levantado por Churriguera. «¡Qué buena vista tendrá desde aquí. Qué soleado estará!», le dijo el campesino que hace años le vendió este terrón. A Eugenio lo envolvimos en su bandera tricolor y lo dejamos bajo el amarillo de los campos del otoño sembrados de hojas muertas. «Haz memoria, hombre, esta noche. Haz memoria, hombre, esta noche, cuando la oscuridad descienda, cuando llueva. Haz memoria de lo que has olvidado», reza Thomas Merton.