ENTRE MALDICIÓN Y TERROR

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA

12 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Metidos como estamos en una interpretación maniquea de la crisis -con un principio del bien llamado Bush y otro del mal llamado Bin Laden-, casi no tiene importancia el saber a ciencia cierta el origen de la segunda catástrofe de Nueva York. Porque si es una acción terrorista, con Bin Laden poniendo bombas en nombre del infierno, ¡malo!. Y si es una acción directa del diablo, que urde las fatalidades y encadena los imponderables, ¡peor! Antes de que los expertos diesen su diagnóstico, que en este caso funciona como el oráculo de Delfos, los habitantes de Queens maldijeron a Bin Laden, las bolsas bajaron, los hoteles y agencias de viajes recibieron miles de cancelaciones, el Empire State fue desalojado, los precios de los apartamentos de la Gran Manzana volvieron a caer, y los cantantes de Broadway sintieron otra vez un nudo en la garganta. También el Pentágono se apresuró a encargar más gasolina y más bombas, y el FBI a urgir nuevas restricciones de libertad que puedan paliar su incapacidad para explicar los hechos y determinar sus causas. Y tanto Bin Laden como los talibanes, metidos en indescifrables cuevas de Afganistán, brindaron -con té caliente- por esta nueva desgracia, que les rinde los mismos frutos que un golpe de mano meticulosamente preparado por su mente enfermiza. Y, para que nada faltase, también nosotros, los informadores y analistas políticos, pusimos en circulación las especulaciones al uso: es la respuesta a la caída de Mazar-i-Sharif, o el regalo para la fiesta de los ex-combatientes, o la conmemoración mensual del 11 de septiembre, o la respuesta a las palabras de Bush, o el saludo a la LVI Asamblea de la ONU. Análisis disparatado Todo lógico, todo formal, como si quisiésemos escribir páginas que tanto valen para un roto como para un descosido, y sin que nos preocupe en absoluto la explicación final del colapso. ¿Y por qué lo hacemos así? Porque actuamos dentro de un marco de análisis disparatado, sin capacidad para incardinar los desastres en el mundo que nos rodea. Y por eso se explica que los que podemos asumir la muerte de medio millón de personas en los Grandes Lagos, o una guerra de veinte años en Afganistán, o millones de víctimas del sida en África, o cientos de miles de degollados en Argelia, o las masacres de campesinos en Colombia, Guatemala y el Salvador, o la hambruna de Eritrea o el arrase de Chechenia, nos quedemos estantiguados ante la desgracia del primer mundo. Ninguna civilización acusa los ataques de fuera si no está débil por dentro. Y a nosotros, es evidente, nos hace débiles el miedo. Por eso derrochamos bombas y libertad a lo loco, olvidando, como niños, que el mucho miedo delata una mala conciencia. Ese es el problema.