CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
09 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.La vida es un navajazo. Muchas veces, por la espalda. El mundo no funciona. O funciona a bombazos, a crímenes. Miren Afganistán, miren Madrid, miren Guecho. Por eso gusta más que algo salga tan bien, tan de estreno. Como en las películas de Frank Capra. Me refiero al español, al tipo que afirma en su carta que sólo hizo lo que consideró oportuno al seguir y localizar a los dos etarras. La estatura moral del sujeto estaba por las nubes con su gesta. Pero la carta de ayer pone la guinda. «Ni policía ni del Cesid. Soy un civil», dice y prosigue: «Había que tomar una decisión y pesaba mucho la sangre derramada a manos terroristas». «Mi nombre es el de cualquiera que comprenda que el fin del terrorismo empieza en cada uno de nosotros», zanja la lección. Es una pena que al día siguiente la mafia vasca rompiese la magia con el asesinato de un magistrado. Pero el héroe anónimo nos enseñó a no menospreciar lo que todos podemos hacer para evitar más sangre. El silencio y mirar hacia otro lado no ayudan. La sociedad civil tiene que denunciar, tiene que señalar, tiene que colaborar para enterrar el eufemismo del problema vasco en las páginas más miserables de la Historia de España.