PUNTO DE PARTIDA

La Voz

OPINIÓN

XERARDO ESTÉVEZ

03 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Después de un año y diez Crónicas do territorio, que contribuyeron al debate en torno a lo que se ha dado en llamar, quizá con cierta impropiedad, el feísmo, sobre el que ha corrido bastante tinta, me propongo centrarme más en el tema de las ciudades y sus ciudadanos. No es, desde luego, un asunto exclusivamente urbanístico, sino que requiere aproximaciones transversales partiendo de diferentes enfoques. Las ciudades están modificando sus planteamientos tradicionales para asumir nuevos roles y desechar aquellos que ya no son operativos. Por ello, es preciso definir su perfil socioeconómico y ver de qué manera puede ser viable su desarrollo por la sociedad en el espacio y en el tiempo. Igualmente importante es, a la vista de su tamaño, establecer el que sería deseable en términos de gobernabilidad y, por lo tanto, introducirse en la relación demográfica, política e infraestructural con aquellos municipios que conforman el área metropolitana y que están detrayendo población a la capital. Pero también conviene analizar el tema de la vivienda en un momento de gran actividad inmobiliaria que está produciendo un exceso de pisos con persianas bajas. El conjunto urbano es un lugar donde se manifiestan los conflictos generados por la complejidad de la realidad social, y por ello es necesario conocer su capacidad para resolverlos. Por último, interesa ver cómo se plantean sectorialmente y se desarrollan vertientes tan importantes como cultura, ocio, turismo, deporte, conocimiento, etcétera. Todo esto, llevado a lo que se entiende por estrategia urbana y su desarrollo en planes y proyectos, permitirá concluir si la ciudad debe funcionar mediante la aplicación de modelos, densidad o dispersión, por ejemplo, o si son otras las variables que han de concurrir en su crecimiento. Desde el restablecimiento de la democracia municipal, hace ya 22 años, las ciudades gallegas han ido cubriendo etapas. Al principio, pasaron por una fase de primeros auxilios, porque era necesario dotarlas de un mínimo de equipamientos y servicios de los que por entonces carecían. Siguió en los años 90 una segunda fase en la que, al amparo del crecimiento económico general, se acometió una redefinición de nuestras ciudades mediante la creación de grandes infraestructuras y equipamientos. Al mismo tiempo, de modo aparentemente contradictorio, se consolida la tendencia iniciada en la década anterior al abandono del centro urbano por una periferia de campo urbanizado, tendencia que a Galicia llegó con cierto retraso respecto a otras zonas de España, y que todavía se mantiene en parte. En un momento en que se propende a un cierto retorno a la capital, las ciudades se ven avocadas a una nueva etapa, la de la colaboración. En un sistema tan interesante y peculiar como el policentrismo gallego, creo que las ciudades aisladas no tienen hoy por hoy porvenir, sino que están llamadas a trabajar en red. Esta colaboración deberá producirse, en primer término, con su entorno metropolitano, y a continuación entre ellas mismas, con objetivos que pueden unirlas por grupos o a todas en conjunto, apoyadas por la autonomía. La meta es cooperar y competir, prioritariamente con el vecino Portugal y el eje atlántico europeo, según programas en torno a la investigación y el desarrollo, el turismo, el intercambio tecnológico, etcétera, y también, por afinidad cultural y vinculación social, con las ciudades de América Latina en el marco de la globalización.