ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
30 oct 2001 . Actualizado a las 06:00 h.«El próximo congreso del PP defenderá el patriotismo constitucional». Con ese titular encabezaba ayer este periódico la noticia de que el partido del Gobierno se propone convertir la ponencia titulada El patriotismo constitucional en el siglo XXI en uno de los platos fuertes de su cónclave de enero. Aunque nada hay de malo, sino todo lo contrario, en defender el patriotismo constitucional, esa defensa podría resultar un grave error si su objetivo fuera el de contraponerlo a las aspiraciones de los nacionalismos periféricos. ¿Se imaginan a un equipo de bomberos tratando de sofocar un incendio que avanza desde tres o cuatro frentes echando mano de las jarras de una frágil cristalería de Bohemia? Pues esa sería la situación si la pretensión ingenua del PP llegase a prosperar. Verán ustedes. El concepto de patriotismo constitucional fue elaborado por un filósofo alemán, Jürgen Habermas, que buscaba con él un elemento de acuerdo transversal en países que, como el suyo, habían sufrido un pasado tan traumático (el nazismo, el socialismo estalinista) que la pretensión de construir una identidad común sobre episodios de historia compartida resultaba poco menos que imposible. El patriotismo constitucional -nacido de la identificación con los principios democráticos- era opuesto así por Habermas a otros más calientes, tan calientes que generaban más disenso que consenso a la hora de asumir la construcción de un nuevo espacio público. ¿Debería constituirse hoy en tarea de un Gobierno que, por serlo de España, lo es de todos los españoles que la forman? No lo parece. Más bien parece que hay motivos para pensar que existe en nuestra historia un amplio espacio de identidades compartidas entre quienes, sintiéndose españoles, se sienten también gallegos, andaluces, catalanes, vascos o extremeños. La plena identificación de unos y otros con los principios de la democracia pluralista sería, sin duda, un gran avance. Proyecto de futuro Pero me temo que sería, también, insuficiente para asentar las bases de un proyecto de España con posibilidades de futuro. Ese proyecto exigirá, en todo caso, reforzar, desde el respeto a una pluralidad sin la que España resultaría inconcebible, lo que nos une desde hace más de cinco siglos. Lo que nos une, digo, y no lo que durante ese largo período vino a separarnos. Por ejemplo, un nacionalismo español débil, y por débil, autoritario, cutre, bárbaro e inculto. Ahí es donde está la clave del asunto y no en la reivindicación de un patriotismo constitucional que nunca podrá competir con los mitos arrebatadores de los nacionalismos periféricos.