¿DÓNDE ESTÁ EL PROBLEMA?

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

24 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Antes de Fraga ya hubo gente que ganó muchas elecciones y se mantuvo largo tiempo en el poder. Y, si ayer recordábamos que casi todas las comunidades autónomas están gobernadas por partidos que nunca pierden, líderes que parecen incombustibles y presidentes que van por la cuarta o la quinta mayoría consecutiva, hoy podemos recordar a políticos como Olof Palme o Pierre Trudeau que, contando con la admiración de muchos de nosotros, completaron ciclos de poder que se prolongaron más de un cuarto de siglo. Lo extraño de nuestro caso no es la duración del ciclo autonómico del PP, ni sus niveles de aceptación popular, sino el hecho de vivir en una sociedad que, además de verse privada de auténticas alternativas, carece también de los mínimos niveles de pluralidad que hacen saludable la democracia. Y eso ya son palabras mayores, sobre las que conviene reflexionar. Pujol, más que Fraga, ganó todas las elecciones autonómicas de Cataluña. Pero Cataluña dista mucho de estar dominada por CiU, que siempre se ve superada por el PSC-PSOE en las elecciones generales y europeas, y que nunca consiguió controlar a su placer ni los grandes ayuntamientos ni las diputaciones. Y, aunque es evidente que Cataluña no es una excepción al principio de que quien manda, manda, se entiende muy bien que no es lo mismo tener en la oposición a dos derrotados, con empate técnico entre ellos, que verse enfrentado a un triunfante Maragall que ya superó en votos, aunque no en escaños, a los convergentes. Y lo mismo que se dice de Pujol se puede decir de casi todas las autonomías, donde el poder es casi siempre limitado, como en Euskadi, Aragón, Navarra o Baleares, o donde existe un notable equilibrio electoral entre el gobierno y la oposición, como sucede en Andalucía, Madrid, Extremadura o Valencia. Lo de Galicia es distinto. Porque Fraga domina todos los poderes y en todas las elecciones, sin que esta afirmación se vea realmente corregida por los gobiernos municipales -seis de ellos en coalición- asentados en las ciudades. Y esa es la diferencia que explica la escasa pluralidad de una sociedad que, siendo monolítica en sus poderes políticos, extiende también sus controles al mundo de la comunicación y a las estructuras de acción y representación de nuestra debilitada sociedad civil. Nuestro sistema político es formalmente correcto. Pero esta corrección no es una garantía de la democracia, que sólo existe donde una sociedad madura y un sistema institucional avanzado garantizan el pluralismo. Y cabe decir que lo raro de estas elecciones no es que gane Fraga, sino que conformemos un poder que casi carece de limitaciones.