XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
12 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Más de una vez he pensado que los indecisos gallegos son una especie singular, y que, si en la mayor parte de España estar indeciso quiere decir no saber a quién votar, aquí, en Finisterre, significa lo contrario: que tiene el voto decidido desde hace cinco años, pero que por nada del mundo quiere comprometerse. Dicho lo cual, se percibe también la otra diferencia crucial de nuestro lenguaje político. Porque, mientras en las demás autonomías se considera comprometido a aquel que explicita sus ideas y trabaja para que triunfen, lo que aquí se considera un compromiso es que el poder se entere de lo que votas y te nieguen la subvención, o no te empleen al hijo, o no hagan la vista gorda cuando amplias la buhardilla. Ello no obstante, cualquiera que sea la explicación elegida, lo cierto es que en Galicia hay un millón de indecisos, y que, si no acertamos a definir las causas de su marasmo, será imposible cocinar las encuestas y llevarlos a las urnas. Y por eso me pregunto: si ya sabemos que Fraga va a gobernar -solo o con apoyo del PSOE-, si nadie duda de que el BNG va desmentir una vez más a los profetas del techo electoral, si ya tenemos más trenes y autovías que en Francfort, y si ya sabemos que nos van a pagar por tener hijos, por ser jóvenes, por ser mujer, por no tener caladeros y porque los escarabajos nos comen las patatas, ¿qué dato nos falta para decidir de una vez a quién vamos a votar? Como tantas veces ocurre en las ciencias, la solución la encontré de pura casualidad cuando un hermano mío me comentaba el problema. Son moitos indecisos de Dios, me dijo. Y, lo mismo que hizo Arquímides en la bañera, empecé a gritar ¡eureka, eureka!, antes de salir corriendo a escribir este artículo. Porque esos indecisos de Dios, que dice mi hermano, no pueden ser otra cosa que los cristianos, hijos de Dios, que están esperando a que monseñor Gea Escolano les ilumine, desde la más estricta neutralidad, con su habitual pastoral. Porque si bien es cierto que la Iglesia no hace política, y que sólo invierte en Gescartera para dar cumplimiento a la parábola de los talentos, parece obvio, dice el obispo de Mondoñedo, que un cristiano debe votar a aquellos partidos que están más cerca del Evangelio. La segunda parte se dedica a explicar, sin meterse en política, lo mucho que la Iglesia de Roma le debe a la derecha, siempre innombrada, y las artes diabólicas que utilizan los rojos agnósticos para hundirnos en el materialismo y el hedonismo. El resto, concluye monseñor, lo hace la lógica. La neutralidad episcopal de monseñor Gea se ha convertido en rito esencial de la campaña. Y por eso debe escribir ya. Porque estamos en tiempo de apuestas, y es imposible ganar una cena con tanto indeciso de Dios.