LA BATALLA DEL ADOBE

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

10 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Ya podemos respirar tranquilos, aunque se nos cuele la guerra en la campaña. Los primeros ataques de la gran coalición contra el microenemigo fueron un éxito, y todo apunta a que las severas advertencias de Aznar -que actúa como el más belicoso ideólogo de esta operación larga, difusa y multifocalizada- se van a cumplir en toda su prodigiosa extensión. El problema eran los Tomahawk. Porque, hechos para reventar murallones de acero y hormigón armado, y para penetrar en refugios blindados de alta seguridad, podían resultar inútiles contra los muros de adobe y los sacos terreros. Y no por falta de potencia explosiva, que la tienen sobrada, sino por ser incapaces de reconocer el objetivo señalado y pasar de largo, como si esa no fuese su guerra. Pero ahora ya sabemos que, además de ser potentes, precisos e indetectables, los Tomahawk son polivalentes, y que, si en Irak mostraron su eficacia contra blindajes de alta tecnología y refugios de última generación, en Afganistán están probando su enorme capacidad para destruir paredes de adobe, aeropuertos tercermundistas, emisoras de radio que emiten con válvulas de segunda mano y tendidos eléctricos hechos con postes de madera y alambres empalmados. Frente a eso, tengo la sensación de que la guerra se instaló en nuestros quioscos como una profecía cumplida, con este argumento simple y engañoso: puesto que hemos sido agredidos, y no podemos quedarnos cruzados de brazos, hay que hacer una guerra. Y puesto que hay que hacer una guerra contra un enemigo difuso y no territorializado, tenemos que prepararnos para bombardear cualquier sitio de cualquier país que pueda considerarse un objetivo bélico. Y así se nos queda la cara, con todas las posibilidades intermedias eliminadas de un plumazo, haciendo de policías con armas de guerra, con los estados mayores aliados decidiendo lo que es justo, posible y útil, y con todo el aparato institucional de las democracias avanzadas dedicado a ratificar todo lo que haya que ratificar y a unirse con todo aquel que quiera sumarse al montón de los buenos. Por si algo faltaba, ya nos hemos acostumbrado a unir las noticias de la guerra con los índices de la Bolsa y la ocupación hotelera, muy reconfortados por la serenidad que están demostrando los inversores y con la tendencia consumista que mantienen los ciudadanos. Pero, ¿cómo irá la Bolsa en Kabul? ¿Serán capaces los refugiados de mantener su nivel de consumo? ¿Qué repercusión tendrán los bombardeos en las agencias de viaje de Pakistán? En eso les vamos ganando, aunque haya uno, llamado Bin Laden, que se sigue forrando en las bolsas de aquí, y que tiene plaza segura en el único vehículo de lujo que va a salir de Afganistán.