XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
07 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Como Beethoven, que terminó su Novena Sinfonía al tiempo de quedarse sordo, también Manuel Fraga alcanzó su plenitud de hombre de Estado cuando el poder empezaba a caminar hacia la Unión Europea y las comunidades autónomas. Por eso su vida política fue un continuo afán contra la realidad misma, que le obligó a instalarse en un marco constitucional que había combatido y a ver el país en la perspectiva inversa a la que siempre había soñado. Eso explica, también, que la personalidad de Fraga se haya encarnado en todo lo que le es accesorio, sin que nadie se atreva a hacer conjeturas sobre lo que siente y piensa de todo esto. Lo que sabemos es que no para, que casi no duerme, que come deprisa, que despacha a sus colaboradores en menos de un minuto y que, a la hora de mandar, nada le es o considera ajeno o desconocido. Pero no tenemos la menor idea de cuál es la Galicia que sueña, a qué cosas le llama futuro, y por qué siempre regresa de Madrid considerando esencial lo que le dan y superfluo lo que le niegan. Más de una vez he tratado de indagar qué pasará por la cabeza de Fraga en ese segundo que transcurre desde que se pone el pijama hasta que se queda dormido. Y siempre llego a la misma conclusión: que nada de lo que rinde a la gente me motiva, y que no dejo de admirar muchas cosas que su vida política nos oculta. Y por eso les diré una cosa que seguramente no saben: que, a pesar de todo, yo admiro mucho a Fraga, y que, si doy la impresión de todo lo contrario, sólo es porque, como filósofo que soy, lo he desmitificado. No entiendo, por ejemplo, por qué gana cuatro mayorías consecutivas. Pero alucino por ello, dándole por supuesta alguna virtud que mi alma no percibe. No comprendo tampoco por qué hace renuncia de sí mismo para entregarse a un ens rationis como el poder, pero no dejo de valorar la energía que gasta en ello y la perseverancia con la que sigue creyendo en constructos ideales que a mí se me derrumban. Porque lo conozco muy de cerca, tiendo a admirarlo por todo lo que tiene de hombre corriente, mientras veo con total indiferencia las virtudes públicas que ensalzan sus rendidos hagiógrafos. Y aunque es evidente que mi visión no le da votos, no tengo ninguna duda de que cuenta con su íntima conformidad. Dicho lo cual, mañana volveremos a nuestros respectivos deberes: a salvar Galicia él, y a decirle yo que «menos lobos». Pero no terminaré sin recordarle un pensamiento de Saavedra Fajardo que leyó más de mil veces: «No siempre ha de vivir el príncipe para la república; algún tiempo ha de reservar para sí solo». ¿Por qué? Porque le irá mucho mejor. También a la república.