ROBERTO L. BLANCO VALDÉS EL OJO PÚBLICO
02 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Antes los hombres pasaban a la historia tras haber hallado la vacuna de la rabia; haber descubierto un continente; o haber tomado La Bastilla. Por eso Pasteur, Colón y el pueblo de París forman parte de la historia. La tenacidad del investigador encerrado en su laboratorio a cal y canto, el sueño del visionario en lucha contra océanos y reyes, la fuerza irresistible de un pueblo harto que se levanta contra todo lo que le habían enseñado: tales son, entre otros muchos, los impulsos que han abierto desde siempre las puertas de la historia. Ahora los hombres piensan en pasar a la historia como si ese fuese un objetivo comparable al de conseguir unas entradas para el cine. ¡Fuera vacunas, continentes y Bastillas! ¿Quién las necesita? Para pasar a la historia nada mejor que inaugurar unas piscinas o abrir una rotonda. Claro que, puestos ya a jugar sobre seguro, nada como el tren. Con su característico pudor para estas cosas, así lo reconocía ayer el presidente de la Xunta, cuando, en el curso de una de las muchas inauguraciones a las que asiste últimamente, reclamaba «un lugar en la historia», como impulsor del futuro AVE de Galicia. ¿Un lugar en la historia? Pues, claro, don Manuel. Aunque -usted comprenderá- ese lugar no podrá ser muy espacioso, si hemos de meter en ella a todos los que, por cumplir con su deber profesional, tienen la explicable pretensión de encontrar un hueco junto a usted y a los demás políticos de oficio. Porque esa es, aunque no lo parezca, la cuestión. Ningún maestro, ningún agricultor, ni ningún médico creen tener derecho a que se les abran las puertas de la historia por enseñar a leer y a escribir a sus alumnos, por cultivar buenas frutas y hortalizas o por tratar de la gripe a sus pacientes. Es decir, por cumplir como Dios manda, con la función que la sociedad les atribuye. Los políticos son los únicos que se consideran con derecho a pasar a la historia por hacer -mejor o peor, que eso ya lo juzgará el cuerpo electoral- un trabajo para el que ellos mismos se han postulado libremente. De hacer todos igual, las puertas de la historia estarían como las de la sala de fiestas de mi pueblo y habría en ellas que gritar lo que allí gritan: ¡Por favor, no rempujar!