Roberto L. Blanco Valdés
30 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.¡Nada más, ni nada menos, que un millón! Esos eran, según la encuesta que ayer comenzaba a publicar este periódico, los indecisos que aún existían en Galicia a comienzos de septiembre. ¿Un millón? No seré yo quien lo dude ni un minuto, si tal es el dato de Sondaxe. ¿De indecisos? Sí, señor. Siempre, claro, que entendamos que quien duda a la hora de votar se parece bastante a quien lo hace a la hora de comprarse, por ejemplo, un chaquetón. La posición de comprador es, de hecho, similar a la de quien tiene que decidir cómo votar. Uno y otro podrían manejar, en teoría, muchas variables para tomar su decisión, aunque ambos suelen optar en función de sus necesidades, prejuicios y experiencia. Si usted necesita un chaquetón, no visita todos los comercios, ni estudia todos los catálogos, ni analiza todos los inconvenientes y ventajas de su compra. ¡No señor! Fiándose, en general, de su experiencia, acude a una tienda conocida y compra lo que le gusta si puede permitírselo. Los votantes indecisos resuelven sus dudas de una forma parecida: no estudian, desde luego, los programas; ni examinan las listas que les ofrecen los partidos; ni escudriñan las biografías de los líderes. Sencillamente, partiendo de lo que les parece mejor en cada caso, se fían de su experiencia, de su olfato, y, también, ¿por qué no? de sus prejuicios; y, tras removerlo todo en la coctelera de su ideología o sus creencias, se deciden por fulano o por mengano. El indeciso político no es, por lo tanto, una máquina racional de decisión que caído en la campaña desde un lejanísimo planeta, soluciona su dilema sopesando pros y contras, y diseccionando los perfiles de las ofertas que tiene ante sus ojos. ¿Se imaginan que fuera ahora de ese modo? ¿Qué debería suceder si, por ejemplo, tal ser imaginario tuviera que optar entre estos, también imaginarios, candidatos a la Xunta: uno que hubiera culminado ya con creces su ciclo político vital; otro que hubiera defendido desde siempre las instituciones que aspira a gobernar; y un tercero que hubiera abominado de ellas hasta anteayer? La elección racional sería muy fácil. Lo malo es que las elecciones no son «un millón para el mejor».