EL DIOS DE LA GUERRA

La Voz

OPINIÓN

BLANCA RIESTRA

21 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

El pavor de los atentados ha comenzado a remitir. Aquel olor a muerte tan espeso que nos envolvió a todos de repente, sacudiéndonos de arriba abajo, dondequiera que estuviésemos, en Berlín, en Betanzos, en Southampton, parece haberse disipado poco a poco. Quizás sea ahora el momento de analizar las sensaciones contrapuestas que una catástrofe de este calado despertó en nosotros. Yo recuerdo haber pensado: «Qué perdidos estamos», no porque las consecuencias sociopolíticas me preocupasen -que también- sino porque la justificación de toda esta muerte está en la necesidad espantosa que el género humano tiene de muletas existenciales. Para mí los grandes protagonistas de este espanto son los pilotos. Me intriga su abnegación -porque abnegación es dar la vida por tus ideales- una abnegación que ha de buscarse en la certeza de creerse justos y en una fe inamovible -irracional, porque la fe es irracional y no entiende de piedad- en un Dios todopoderoso. Intento imaginar qué pasaría por sus cabezas al embarcar en el avión lleno de niños, de chicas y señores adormilados. Intento imaginar su firmeza al hacerse con la cabina, las dudas que quizás -seguro- les asaltaron en el último momento, al embestir con ímpetu suicida las torres gemelas llenas de gente trabajando, de ejecutivos, pero también de limpiadores y de recaderos. Habrán recitado la Surat de la muerte antes de hundirse en el fuego y en la sangre. Quizás recordasen a su madre y volviesen a ver en moviola algún paisaje remoto de su infancia. Curiosamente la primera guerra del siglo XXI -si hay guerra- será una guerra entre religiones monoteístas. En un momento en que el agnosticismo parecía haber conquistado el mundo, más de cien años después de que Nietzsche anunciase que Dios había muerto, nos vemos implicados en un combate entre dos bandos fundamentalistas que se disputan la Verdad. Bin Laden defiende un estado teocrático islámico, Bush se autoproclama adalid de la libertad -del capitalismo fruto del calvinismo ¿por qué disfrazar las cosas?- y elegido de Dios. No en vano el amigo americano ha bautizado su cruzada (el término se le escapa cada dos por tres, con gran compunción de sus asesores) con el muy religioso nombre de Justicia infinita. En momentos como este, uno siente la tentación de suscribir la muerte de las religiones. Quizás Marx tuviese razón al proscribir todo credo. El humanismo es nuestra única salvación, el respeto del individuo y de la vida humana ante todo. Un mundo laico sería posiblemente un lugar mucho más seguro. Un mundo en que nadie se creyese en posesión de la Verdad, en que nadie esperase recompensas tras la muerte, un mundo en que todos, dudásemos y escuchásemos al otro con respeto. Ninguna vida humana merece ser sacrificada por ningún ideal, los ideales son conceptos estúpidos que no dejan tras de sí más que regueros de cadáveres. Lloremos también la muerte de Atta y sus amigos. Porque quizás no les espere nada más allá.