JOSÉ ANTONIO PONTE FAR
18 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Tras un paréntesis veraniego, tenía ganas de volver a esta sección del periódico. Por eso, a medida que se acercaba la fecha, iba seleccionando temas del día a día para un artículo de estas características. Las barrabasadas del verano gallego, como lucha-libre en el lodo, enchentas de pimientos o carreras de burros -todo un muestrario de originalidad y delicadeza- me facilitarían este reencuentro. Permitía, en su tratamiento, el tono festivo y la reflexión crítica, que no es mala combinación. Tenía otros temas, claro y todos con muchas posibilidades... Nuestra realidad social, política, educativa, religiosa y doméstica da mucho juego. Pero sobrevino lo de Nueva York y el impacto fue demasiado brutal. Es un hecho tan grave -en sí mismo y por la trascendencia que sin duda tendrá- que a cualquier colaborador de periódico le va a resultar muy difícil durante un tiempo sustraerse a esa trágica realidad y tratar con normalidad temas ajenos a esta catástrofe. Yo, al menos, no he podido hacerlo y las muertes de gente inocente, el dolor y el llanto de miles de personas se me imponen a todo lo demás. De todas las imágenes terroríficas que me quedan archivadas en las retinas, hay una que me sobrecoge especialmente: la de unos niños palestinos celebrando con risas y alborozo la tragedia americana. Desearía que fuesen imágenes trucadas, como algunas fuentes han señalado. Son demasiado patéticas para ser verdad. Y no por el hecho en sí de que unos niños celebren semejante tragedia, sino más bien porque los adultos que deberían formarlos y educarlos para ser hombres de bien -padres y maestros especialmente- les hayan inoculado el veneno del odio y de la venganza. Indudablemente, ese no es el camino. Poco podríamos esperar de una generación criada en un ambiente de resentimiento y de venganza. Pero no menos sobrecogedoras me resultan las frases que les estamos escuchando a los altos dirigentes norteamericanos. Guerra -ahora, ya puede ser sucia-, ostentación de fuerza, también venganza... Lo dicen todos, ninguno pone un leve reparo, nadie duda de que eso es lo correcto, por lo tanto, es lo que hay que hacer. Jamás se desvía uno tan lejos como cuando cree conocer el camino, dice el sabio refranero chino, que debieran leer sin prejuicios políticos. Y es que el desvío puede llevar a parajes sin retorno, la equivocación puede ser ya irreparable. No olvidemos que nada hay tan grave que no pueda empeorar. Lo que ahora pretenden -guerra y muerte- para pacificar el mundo es tan paradójico que no puede resultar bien. Estoy seguro de que un gran número de personas de todo el mundo, desde el dolor y la solidaridad, les recomendaríamos a los dirigentes norteamericanos prudencia y reflexión. Que se den cuenta de que un imperio, por mucha acumulación de poder económico, tecnológico, político y hasta lingüístico que haya logrado, no lo puede dirigir todo, no lo puede igualar todo. Que asuman que lo único que hay que igualar en el mundo, lo único que admite la globalización, es un más justo reparto de la riqueza, una mayor justicia social. Y después de esta reflexión, habría que llevar ante la justicia a los viles autores de semejante tragedia.