EL HALCÓN PEREGRINO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO

17 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Si las palabras cotizasen en bolsa, los que apostaron por la guerra estarían perdiendo dinero. Primero porque unos pocos comentaristas de todo el mundo mantuvieron la cabeza lo suficientemente fría como para no dejarse encender por las proclamas patrióticas de la venganza. Y, segundo, porque después de haberse deslizado por la pendiente de la humillación solidaria y ciega, algunos países democráticos como Francia o Alemania, algunas autoridades americanas como Powell o Rumsfeld, y algunos aliados de ocasión como Putin o Jatami, empezaron a matizar sus posturas, hasta que el propio secretario de Defensa se vio obligado a aceptar que un enemigo difuso y agazapado en cien credos y causas, disperso en sesenta países, podría llevar a los Estados Unidos a una operación larga, contada por años, y sin batallas. Y eso, hay que reconocerlo, ya tiene otra pinta; más acorde con el objetivo real y menos gravosa para sus beneficiarios. El riesgo de un ataque contra Afganistán sigue siendo algo más que una probabilidad. Pero también será la prueba -en caso de producirse- de que un discurso incendiario exige siempre su tributo. Ello no obstante, me parece muy necesario hacer una clara distinción entre los duros discursos pronunciados en Estados Unidos y las increíbles réplicas que fueron produciendo en los líderes que, sin apenas relevancia en el contexto mundial, aprovechan el escenario para jugar a polluelos de halcón cabreado. Porque, si es evidente que Bush o Powell están obligados a hacer un discurso para dentro, que no siempre se comprende fuera, y que sobre ellos pesa de manera singular la masacre de Nueva York, nadie entiende por qué nosotros, por ejemplo, tenemos que andar por ahí haciendo el hombrecito y poniéndonos delante del carro, en vez de sumarnos al coro de voces que ayudan a enfocar el problema más grave que tuvo el mundo en medio siglo. Lejos de empeñarse en el ya lo decía yo, y de reclamar un pupitre entre los primeros de la clase, y lejos de hacer estúpidas comparaciones que no llevan a ninguna parte, creo que nuestros políticos podrían decirle a Bush cosas como éstas: «Ten cuidado George, que no sabes donde te metes. Porque yo, que tengo un grupo de niñatos fanáticos y sin experiencia, que no están dirigidos por Bin Laden ni tienen su dinero, que están en Rentería y Barakaldo -aquí al lado- y no en las montañas de Afganistán, que actúan sobre una minúscula proporción de Francia y España y no sobre sesenta países ambiguos y desestructurados, que tengo el apoyo del 99,9% de la población y no la contra de cientos de millones de desesperados, que ponen bombas de cuarenta kilos y casi siempre avisan, que viven de maravilla y disponen de vías democráticas para su reivindicación, llevo treinta años peleando contra ellos..., y siguen ahí. Y por eso me parece prudente recordarte, amigo Bush, que vale más maña que fuerza, y que de poco valen los misiles cuando ni el FBI ni la CIA son capaces de poner una cruz indubitada sobre un mapa». Luego, después de decir estas verdades como puños, ya se podría empezar a ofrecer ayuda razonable y a hablar de fórmulas para controlar el problema, sin rehusar el uso de la violencia legítima pero sin hacer como el niño peleón que cierra los ojos para evitar la responsabilidad y, gritando ¡non te vexo, non te vexo!, empieza a blandir el palo en todas las direcciones. Yo lo hice, y sé para lo que vale. Lo que pasa, me temo, es que algún asesor le dijo a Aznar que esa dureza gesticular que acompaña su discurso de halcón peregrino (lo digo por lo del Monte do Gozo) le puede dar muchos votos. Y por eso estamos perdiendo la oportunidad de actuar con seriedad en un momento crucial, mientras competimos por hacer el discurso que hacen Bush y Tony Blair mejor que nadie, y sin necesidad de traducción. ¿Y Zapatero? Apoyando al Gobierno ¡Como siempre!