EL TÍO SAM

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS / A TORRE VIXÍA

16 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Toda crisis es propicia para la exageración. Y toda crisis que tiene que ver con los Estados Unidos de América genera una división de la afición en dos bandos: los que jalean sus jugadas sin condiciones -como dice Aznar- y nunca le ven una zancadilla o un penalti, y los que sólo ven sus actuaciones como una sucesión de marrullerías y trampas, sin reconocerle más méritos que su talla y su fuerza. La realidad, sin embargo, es mucho más compleja, y, aunque sea a vuelapluma, no viene mal repasarla. Porque una parte importante de la modernidad se fragua allí, y porque no sería posible la supervivencia de nuestro mundo si se para aquella prodigiosa máquina de generar ideas, técnicas, estéticas y modos de vida. Allí se forja la primera nación moderna, sin estamentos sociales que dejen huella en el sistema institucional. Y a ellos les corresponde la gloria de tener la más vieja y estable Constitución democrática, cuyo sistema de enmiendas les permite aunar, de forma envidiable, la tradición y la modernidad. Su sociedad es un crisol de razas, lenguas y culturas que está en la base de una sociedad de consenso, donde no hay más legitimidad que la que conecta directamente con el pueblo y donde el patriotismo se traduce en un práctico sentido de responsabilidad sobre el Estado, sus recursos y sus actuaciones. Y nadie como ellos tiene asumido el valor de la libertad, el pluralismo, la iniciativa individual y la tolerancia, que constituyen la base sobre la que se formó la nación y se definieron sus políticas. Gracias a eso, a su envergadura política y militar y a su privilegiada situación geográfica, los Estados Unidos se conformaron como una renovada prolongación de la cultura occidental, que acogió a las gentes y principios perseguidos y desterrados por la agónica transformación de las naciones de Europa. Y sólo por ellos fue posible conservar el espacio europeo como lo que es: un centro de economía, cultura y libertad que aspira a ser una de las referencias del mundo policéntrico que debe sustituir a cien años de hegemonía americana. Su papel es igualmente determinante en el impulso de la investigación y la generación de bienes y riquezas que hacen posible nuestra civilización y nuestro estilo de vida. Y, aunque es cierto que no estamos en el único mundo posible, no deberíamos olvidar que las últimas alternativas fueron el Reich de los mil años, el comunismo utópico de la URSS y sus criaturas, el fundamentalismo, y el marasmo seudoliberador de las revoluciones locales. ¿Defectos? Tantos y tan grandes como sus virtudes. Pero esos los puede ver a diario, reflejados en millones de páginas. Incluidas, obviamente, las muchas que yo escribo.