EL VALOR DE LA POLÍTICA

La Voz

OPINIÓN

Xaquín Álvarez Corbacho

11 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuando escribo estas reflexiones apresuradas por amable invitación del periódico, un fantasma negro, preñado de incertidumbres y miedos, recorre el mundo. Alguien ha declarado la guerra a los Estados Unidos, pero se desconoce el enemigo. El desconcierto es total. Los hechos difíciles de imaginar. Las consecuencias imprevisibles. En todo caso, tres consideraciones pueden destacarse a bote pronto. Una es reconocer la inmensa fragilidad que también impregna a las sociedades desarrolladas. La primera potencia mundial en tantas cosas, quiebra e hinca la rodilla ante un ataque inesperado de no se sabe quien. Quiebra la vida de miles de personas, se asusta Wall Street y el potente sistema de seguridad americano aparece tan vulnerable como las torres gemelas y la moneda americana. La segunda consideración hace referencia a los efectos económicos del ataque terrorista. Porque las bolsas, los mercados financieros y las inversiones tecnológicas, se fundamentan en la confianza y en la estabilidad política. O sea, todo lo contrario al miedo, pánico, incertidumbre, sorpresa o terror que estos hechos introducen en el tuétano de la economía globalizada. Es previsible, pues, que el dinero huya hacia refugios más seguros (deuda pública), que los precios de ciertos productos crezcan en espiral interminable (petróleo, oro), con impactos diversos, y que la recesión económica intensifique su ritmo. Finalmente, conviene estar atento a lo que sucederá con los presupuestos públicos. Porque los gastos en defensa y seguridad ciudadana pueden dispararse y convendría conocer su financiación. Esta puede proceder de mayores impuestos, de sacrificar los servicios sociales o bien de aparcar los escenarios y virtudes del déficit cero. La alternativa no es indiferente. Sin duda alguna, estos hechos dramáticos revalorizan intensamente la política porque sólo en ella descansan las soluciones. Quien predica más mercado y menos Estado de modo recurrente padece alguna desorientación. Los intereses generales y la justicia social se defienden mejor con gobiernos locales solventes, con Estados solidarios y, obviamente, con organismos internacionales fuertes que compensen o reduzcan la hegemonía prepotente de los flujos de capital y los criterios mercantiles que los motivan. Se abre un tiempo nuevo donde cada vez resultará más difícil ignorar a los desheredados de la tierra.