Bieito Rubido
11 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El mundo es otro desde ayer. Algo que parecía impensable: atacar a los Estados Unidos en su propio corazón: Nueva York y Washington, tuvo lugar. En apenas unas horas han muerto casi tantos norteamericanos como en un decenio de guerra de Vietnam. El suceso es más grave que el ataque a Pearl Harbour. Tanto por el número de muertos como por los cuantiosos daños y especialmente por el simbolismo de los lugares atacados. Todo ello pone en evidencia la fragilidad defensiva de la primera potencia mundial, y en definitiva de todas las naciones del mundo. Se desprenden también otras reflexiones. La globalización debe entenderse de muchas maneras y es un error dejar que se pudran determinados conflictos internacionales o creer que cuando se contamina en Asia no nos contaminamos nosotros o cuando se mueren de hambre en el centro de África no nos morimos también los ricos del primer mundo. O incluso creer que los muertos palestinos, o todos aquellos que no tienen lugar en nuestra calle, son siempre de tercera. El peligro que se corre al mostrarse indiferente ante los muertos del terrorismo de los demás termina engendrando monstruosidades como la de ayer. Es el mismo riesgo que corremos ante el fanatismo que se guarece en los pliegues más ocultos del alma humana. El hombre ha ido superando estadios históricos y ha aprendido a entenderse con las palabras y no con la violencia. Sin embargo, ese progreso parece querer dar marcha atrás. Algo impensable, pero que nos debe alertar a todos y hacernos reflexionar. Más allá del horror cabe preguntarse qué falla en la humanidad cuando ocurren cosas como estas. Fallan las medidas de seguridad, fallan las ideas sobre cuál es el enemigo más temible al que hay que hacer frente. ¿Blindarse con más tecnología y más capital? No parece eficaz: el enemigo está en el propio ser humano, en las simas más profundas de la irracionalidad y la barbarie. Los enemigos de la humanidad están en fuerzas como el fanatismo, la ignorancia, la insolidaridad o la hipocresía. Fuerzas negativas que han sido hábilmente manipuladas por agentes maléficos a lo largo de la historia. Si hay que concluir lecciones de esta barbarie, y seguro que serán muchas, es que la civilización debe rearmarse con la única arma útil a largo plazo: la educación en los valores de razón, libertad y fraternidad universal, más allá de las diferencias artificialmente agrandadas por motivos espurios. El mundo, como escribía al principio, es otro. Van a cambiar muchas cosas. Es probable que en los próximos tiempos veamos reacciones y represalias violentas por parte de los Estados Unidos. Ahora bien, lo más relevante es lo mucho que todos vamos a cambiar en el largo plazo. Ojalá se pueda decir al final de semejante atrocidad lo que el médico de La Peste de Camus: que hay algo que se aprende con las plagas y es que en la Humanidad hay más cosas dignas de admiración que de desprecio.