¡QUÉ TOMATES, OYE!

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

07 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Preguntado por la denodada e implacable lucha que se desarrolla en el Finisterre contra la gerontocracia -el poder de los viejos-, el ministro de la Presidencia no encontró mejor salida que decir que Fraga es una figura excepcional, y que por eso dejó su impronta en la Transición y en la Xunta de Galicia. No dijo, en modo alguno, que esa impronta había sido su oposición furibunda al mismo Título VIII que ahora interpreta con increíble entusiasmo. Y tampoco dejó traslucir que esa lucha contra la gerontocracia deja al PP con las témporas al aire. Juan José Lucas, muy prudente, se limitó a decir que el presidente es una excepción, además de insinuar que Galicia es la gran reserva española de cosas excepcionales. ¿Se acuerdan ustedes de las elecciones vascas? No se hablaba de otra cosa. Y toda España tuvo que aceptar que nada le interesaba más que el Guerrero del Antifaz, Mayor Oreja; el teórico de la paz perpetua, Iturgaiz; el Merlín de la Ética, Savater; el demonio revestido, Arzalluz; y el tonto útil del nacionalismo, Ibarretxe. Y con ese reparto, arropado por un montón de héroes y heroínas, o de cómplices y asesinos -que hacían de extras-, ocuparon todas las pantallas, todas las portadas y todas las tertulias de la política nacional. Nosotros, en cambio, no somos más que una reserva de excepciones, y todo nuestro futuro parece incapaz de robarle una línea a Resurrección Galera, a Nicole Kidman, a los regalos de Pilar Valiente y -¡faltaría más!- a una votación cualquiera del Parlamento vasco. De aquí ni se habla, salvo que nos veamos representados en el juicio de Rocío Wannikhof, en el cachondeo del censo de emigrantes y las ventas de pasaportes, en las evoluciones de Sito Miñanco, en las brumas matinales y en la titánica batalla contra la gerontocracia. Tenemos el mejor vino del mundo, pero apenas se exporta. Somos el destino turístico de moda, pero las estadísticas del Estado no lo reflejan. Vivimos como reyes, pero figuramos al final de la tabla. Tenemos un plan contra la gerontocracia, pero estamos gobernados por el decano de los políticos europeos. Tenemos una política regional envidiada y llena de prestigios para el consumo interior, pero nadie habla de nosotros. ¿Será verdad lo de las meigas? Si dejásemos de mirararnos al ombligo, y si abriésemos las puertas del mundo, nos daríamos cuenta del enorme bochorno que precede a estas elecciones. Y no nos haría ninguna gracia que la gente hable de nuestro país con un tono parecido al que nosotros usamos para alabar, sin convicción, la huerta que cultiva nuestro vecino abogado: ¡qué tomates, oye! Así nos dicen en Madrid: ¡qué autovías, oye! Como si jamás las hubiesen visto.