PACO SÁNCHEZ
04 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Christian Barnard era un médico sudafricano de buen aspecto que, en mi niñez, arreglaba corazones. Luego desapareció de los periódicos casi hasta ahora, con su muerte. Siempre me han caído bien los que arreglan corazones. Cada día son más necesarios en los tiempos que corren, de tanto corazón roto, malherido o masacrado. Corazones de necios. Lo decía ya el viejo libro: «El corazón del necio es como un vaso roto, que no puede contener la sabiduría, porque se derrama». El peligro no está en el colesterol o en el tabaquismo, sino en que ya no sabemos querer, o no sabemos qué querer, o queremos mal. Hay gente que llega y te habla con un corazón bostezante, aburrido, en la mano. Ya lo han ofrecido a todo el mundo, ya ni lo poseen. Y no alcanzan aún, quizá, los veinte años. Gente a la que nadie ha explicado que el hiato entre estímulo y respuesta es justo el resquicio de la libertad y del amor. A ellos, parece, les han contado que no, que precisamente en ese hiato -reservado a la razón y a la conciencia- se instala la represión. El resultado es un sentimentalismo pasteloso propenso a la contradicción y a la injusticia. ¿Y si les (nos) decimos la verdad? Necesitábamos tanto a Barnard...