JOSÉ MARÍA DE AREILZA CARVAJAL DIRECTOR DEL ÁREA JURÍDICA DEL INSTITUTO DE EMPRESA TRIBUNA
27 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Aunque se ha pinchado la burbuja de la nueva economía, el boom de Internet no ha parado. La red sirve cada vez más para hacer de todo de manera más rápida y barata en este mundo, el de la vieja economía, habitado por personas y empresas que venden bienes y ofrecen servicios reales. A pesar de las pérdidas y quiebras espectaculares de los negocios punto.com, pocos discuten que Internet ha venido para quedarse. Su potencial de transformación de la sociedad y la economía sigue intacto. Con esta conciencia de lo novedoso y urgente del invento, los líderes europeos cada poco tiempo proclaman que la red no está tan extendida en la Unión como debiera y que su crecimiento es una de las claves para acortar la ventaja tecnológica de EE UU. No deja de ser irónico que el llamamiento pro-Internet tenga lugar en cumbres últimamente asediadas por diversos grupos de protesta, coordinados eficazmente a través de la misma red. Pero lo que me interesa destacar es que, con frecuencia, esta apuesta europea para que todos nos beneficiemos siendo internautas, se hace pensando en la red como un espacio distinto, que necesita reglas específicas dictadas por sus protagonistas, los actores privados, entre los que destacan grandes compañías norteamericanas. Es cierto que, desde un punto de vista jurídico, la regulación de Internet no es sencilla. Se trata de una multijurisdicción, con 206 países con posibilidad de establecer su regulación pero no siempre con capacidad de hacerla respetar. La legislación sobre Internet requiere unas veces coordinación y codificación internacional y otras competencia entre soluciones unilaterales y ni aún así se acaban los problemas a la hora de aplicar el derecho y de ejecutar las sentencias. Pero todo esto también ocurre, por ejemplo, con el derecho del comercio, el derecho del medio ambiente o el derecho fiscal y en tales casos se combinan normas internacionales con normas autóctonas y con una autorregulación supervisada o incentivada. La regulación europea sobre la red empieza a ser considerable pero, a mi entender, todavía se hace pensando en Internet como un lugar distinto al mundo real, un craso error que lleva a respetar en exceso el conjunto de normas informales que han creado los principales actores comerciales en la red. La Unión Europea no tiene por qué tener complejos a la hora de garantizar los mismos derechos fundamentales a sus ciudadanos estén o no navegando por Internet o de promover espacios públicos con contenidos de valor cultural o educativo propios de la identidad europea. Si no, se impondrán las propias normas que se crean de manera informal en la red, como los estándares técnicos, las prácticas de grandes empresas o el mismo desarrollo colectivo del software de Internet, y ningunas de estas normas son neutrales. Mientras tanto, Internet ya está regulando y cambiando nuestras sociedades y afectando a principios y valores jurídicos básicos. El desafío de la Unión, por lo tanto, es regular Internet de manera más ilustrada y decidida, como parte de la tradición europea de defender el interés público. Además, debe llegar a acuerdos con otros actores internacionales (sobre todo, con Estados Unidos) y con los principales protagonistas privados de la red, pero siempre teniendo en cuenta la sociedad europea que queremos.