EDUARDO CHAMORRO LA PENÍNSULA
23 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El otro día, al acabar una visita al monasterio de Armenteira, me llamaron la atención unas figuritas de monjes que venden allí. La monja que estaba al cargo me comentó que los niños las compran con gran entusiasmo. «Piensan que son figurillas de brujas. Fíjese. Un monje por una bruja tomado. Lo que son los tiempos». Tiempos de confusión. O de despiste. Y puede que no sean de lo uno ni de lo otro en el caso del monje tomado por una bruja, y que semejante travestismo no sea más que un ejemplo residual de un saber extinguido, de una sabiduría por la que ya nadie se interesa porque todos vivimos bajo el supuesto de que su utilidad es nula; como puede que lo sea. El caso es que ya no se ven monjes. Y quienes van por las calles con un parecido atuendo es más probable que sean primos hermanos del vampiro de Pontevedra o miembros de una banda de rock siniestro, que eremitas en busca de antibióticos, por ejemplo. Brujas, sin embargo, se ven más. Las hay a puñados, se puede decir que nos rodean. En la vida real se las reconoce porque hacen brujerías, trastocan lo dicho en lo no dicho, y de lo no dicho obtienen evidencias contundentes. No todas son hembras. Hay machos de mucho pelo en pecho que ejercen de brujas y no paran hasta ver perfectamente embrujadas sus circunstancias y la condición de aquellos sobre quienes «ejercen en secreto su influjo», como señalaba Shakespeare. Suelen ser muy amables, extremadamente amables, zalameros, en el caso de los hombres que son brujas. En el de las mujeres que lo son, aquí y ahora, suelen estar tan buenas que pueden quitar el hipo, y ponerlo. Casi no necesitan de más sortilegios, y si los necesitan, los tienen o los consiguen. Son brujas -con eso está dicho todo-, pero no van de brujas, así que no hay modo de pillarlas en el embrujo. Pero van de hechiceras, y hechizan; y cuando comprendes que se trata de un hechizo, ya te han dado vuelta y vuelta. Pero a los niños no se les advierte de estas cosas, de lo que se les viene encima. Cómo se les va a advertir de algo de lo que ni siquiera se advierte uno a uno mismo. De modo que las brujas unen a su magnitud masiva la ventaja de que nadie señala a ninguna, sobre todo para no llamar la atención de la señalada y darle, así, la oportunidad de que nos eche la vista encima, lo que siempre es el primer paso para que nos haga suyos. Una vez le pregunté a un monje como conseguía estar, a sus años, tan saludable y lozano. «Ninguna mujer me ha zarandeado la vida», fue su respuesta. Hay que ser un poco druida para eso.