OBISPOS ESPECULADORES

La Voz

OPINIÓN

ALFONSO DE LA VEGA GARITA DE HERBEIRA

21 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Aunque para Papini el dinero sea el excremento del diablo, a la Iglesia Católica siempre le ha gustado mucho eso del dinero, quizás porque se ha inventado ese diablo contra el que luchar y así legitimar su propia existencia. O quizás, como polemizaban los dominicos del siglo XIII contra los franciscanos, porque pobre debía sólo ser su fundador, que nació en un establo, pero era intolerable que lo fuera su institución, ya que ellos no eran Dios y necesitaban dinero para mantener su poder temporal. Así, por ejemplo, lo hizo el cabildo compostelano reuniendo la suma de cincuenta mil reales a fin de armar un ejército que combatiera al mariscal Porlier. El resultado ya se sabe: el ignominioso asesinato legal del héroe liberal y el retroceso de la libertad hasta 1820. En la América hispana un método era potenciar el mestizaje, obstaculizando la llegada de españolas desde la metrópoli para que, de ese modo, los padres españoles no dejaran sus bienes a sus hijos mestizos, a los que consideraban ilegítimos; así los abandonaban a la ventura, beneficiándose de esos bienes los frailes. Probablemente cabe buscar aquí el origen del odio de ciertos mestizos a los españoles. Otras veces se argüía la necesidad de promover obras pías con las mandas. Ejemplos urbanos Sin ir más lejos, la geografía urbana de la ciudad de La Coruña presenta ejemplos modélicos de la codicia eclesiástica. Así, el esperpento valleinclanesco de la hemi-iglesia de Santa Lucía. O el no menos destacable de la iglesia de los Jesuitas en la calle Juana de Vega, en la que el espacio sagrado se ha limitado voluntariamente para promover viviendas de protección, no oficial, sino divina, a setenta millones el piso. Con razón el gran maestro Cervantes nos enseña en su magnífico retrato de la endémica cleptocracia nacional, que la piadosa cofradía de Monipodio se hallaba bajo la advocación de la Santísima Virgen y que los eclesiásticos robados por error sabían dónde tenían que ir a recuperar su dinero. Para mejor perseguir a los judíos, la Iglesia inicialmente condenó el interés del dinero, que asociaba a la usura. Sin embargo, hay que celebrar que, tras su aggiornamento, el interés ya no sea pecado. En efecto, así lo debieron entender los obispos que acudieron a especular con centenares de millones de pesetas al chiringuito financiero de Gescartera. Sin duda, el Espíritu Santo les indicaba que dicho capital remunerado con tan alta rentabilidad no iba a servir para financiar actividades non sanctas como la industria de armamentos, o farmacéuticas incompatibles con la moral católica. Sea como fuere, y contra lo que se ven obligados a hacer los ganaderos o pescadores, la Iglesia no se resigna a realizar su propia reconversión industrial adaptando su patrimonio material a su actual volumen de actividad social e influencia real en las conciencias. Ya que sus dirigentes no parecen creer en un Jesús evangélico que los expulse a latigazos, deberían pensar en que puede llegar un momento en que la ciudadanía se rebele contra la actual partida presupuestaria y pida que se busquen la vida sin recurrir a las arcas públicas que pagamos todos los españoles sin distinción de creencias.