ROBERTO L. BLANCO VALDÉS CON GAFAS DE SOL
18 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Puede que, según afirma María Sung, a Milingo le haya acabado sucediendo lo que aquel insólito sujeto de Cedeira que contaba en la tele a Pérez Reverte cómo se había labrado su infortunio. Era el caso, según creo recordar, que el tal sujeto, después de juntar en la emigración unos ahorros, había decidido retornar con la intención de disfrutarlos. Y así lo hizo: tras instalarse en la casa familiar, ajustó los servicios de diversas meretrices, que cumplieron lo tratado hasta que, ¡oh, fatalidad!, dieron en saber que su cliente escondía el peto debajo de la cama. ¡Y ahí fue, claro, su ruina! Ya esquilmado, el cedeirense explicaba a Reverte la treta empleada por sus desplumadoras: «Y es que esas señoritas -le decía- me echaron droja nel Cola Cao». Sí, decididamente, conociendo al personaje, cabe que a Milingo le hayan echado también -en el Cola Cao, o quien sabe si en la Fanta de limón- alguna droga o bebedizo, tal y como, despechada, sostiene ahora quien es todavía su mujer. Ello permitiría explicar su retractación notoria y pública, y su sorprendente decisión de volver al seno de la Iglesia, aun al precio de tener que repudiar a María Sung. Que toda esta astracanada pueda desembocar en la ya anunciada huelga de hambre de esta última, no es el acto más risible del sainete protagonizado por el ex obispo de Lusaka, quien se convirtió en un personaje cuando decidió acometer una lucha personal contra el diablo mediante exorcismos que no dejaron de producir un pasmo general. Puede, así, que el caso de un prelado entre cuyas actividades, supuestamente pastorales, se encuentran la participación como vocalista en un festival de música ligera -el de San Remo- y la constitución de, ¿cómo llamarlo?, un grupo de monjas cantoras, que hacen galas acompañando a su superior en la jerarquía eclesiástica, no merezca nuestra atención más que para hacer alguna cuchufleta. Lo cierto es, sin embargo, que el asunto Milingo, cerrado por el Vaticano con su habitual habilidad -puño de hierro en guante finísimo de seda- ha puesto al descubierto una vez más, tras la imagen dramática de una pobre mujer desesperada y engañada por el gélido delirio de un orate, un problema no pequeño para una institución que pretende liderar moralmente a buena parte de los habitantes del planeta: el de si es posible en el mundo de hoy en día seguir exigiendo el celibato a los católicos que decidan ser pastores y no simple rebaño de su iglesia. Roma ha ganado ahora sin hacer apenas gasto, pero no es seguro que, antes o después, no tenga que enfrentarse de verdad con un conflicto que es tal real como la vida. Contra Milingo era muy fácil. ¿Cómo no lo iba a ser contra un cantante?