BLANCA RIESTRA
17 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Los gobernantes del G-8 se afanan en presentarnos la mundialización como una nueva revolución -con un alcance tan brutal como el comunismo- que ayudará a solventar las injusticias y las diferencias planetarias. Este mes, el Courrier International recopila un variado abanico de artículos de diferente signo, aparecidos en la prensa mundial, a propósito del problema de la globalización y de los movimientos antiglobalizadores: los también llamados Seattle people. Lo que parece evidente es que estos movimientos, aparentemente acéfalos y heterogéneos, no deben ser considerados como antiglobalizadores strictu sensu sino como anticapitalistas-liberales. Su acción incide en el proceso de globalización no suprimiéndola sino haciéndola más humana. Como dice Saleh Bechir, «quizás los anti son los que más confianza tienen en la mundialización en su sentido más amplio porque confían en el hombre y en su capacidad para mostrarse solidario». Y es que la mundialización o globalización, tal y como se preconiza desde las grandes esferas, no es más que una mascarada que encubre una nueva forma de colonialismo. La adscripción de los gobernantes al libre comercio es puramente superficial. El periódico inglés New Statesman denuncia esta actitud engañosa. El G-8 reclama la supresión de las subvenciones gubernamentales pero invierte en sus propios agricultores 350 millones de dólares anuales (o sea, 7 veces la ayuda a los países en desarrollo). Pide la abolición de los aranceles aduaneros pero mantiene sus propias barreras (lo que, según la ONU, significa 700 millones de dólares al año para el Tercer Mundo). Defiende la libre circulación del capital pero impone trabas a la circulación de trabajadores. Y es que -y cito al New Statesman- «si los países desarrollados se preocupasen realmente de los pobres suprimirían inmediatamente todos los obstáculos a las migraciones. Esto no sólo permitiría que muchos pobres viviesen mejor, sino que obligaría a las multinacionales a mejorar las condiciones de trabajo y los salarios, por miedo a que demasiados trabajadores dejasen el país. Un mercado mundial debiera funcionar así». Otro ejemplo espantosamente explícito: el Banco Mundial y el FMI exigen para conceder préstamos y subvenciones al Tercer Mundo que el sector público se privatice. Esto deja campo libre a empresas extranjeras -nunca locales- que retoman estos servicios de inmediato. El resultado es que los países más pobres del orbe deben pagar aún más por el agua, por la educación y por la sanidad. Yo no sé si la globalización es irreversible, como claman sus artífices. Lo que sí que me parece evidente es que se está haciendo mal. Y el momento de exigir cambios, matices y justicia es ahora.