ROBERTO L. BLANCO VALDÉS O machiño
07 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.: así apodaban en mi pueblo, con cariño, a un vecino que, pasado el tiempo, vino a ser pura arqueología. Hundido ya en el pozo del descrédito el hábito castizo del piropo, o machiño seguía requebrando a las señoras y tenía siempre a mano un «¡morena, ay mi morena!» que encasquetarle a la primera incauta que pasaba por la calle. Era tal su furor lisonjeador que yo mismo fui testigo de algo insólito: fruto de su emoción incontenible, o machiño se llevó de un bocado un jirón del tapizado de una silla del bar donde seguía por la tele el evolucionar amabilísimo de una artista de su gusto. Y es que, al igual que un Gary Cooper pobretón y sin glamour, con más aspecto de Carpanta que de sheriff del lugar, o machiño se había quedado solo ante el peligro en una sociedad que estaba olvidando a paso de gigante algo de lo peor de su educación sentimental: aquélla en la que a casi nadie le extrañaba que se promocionase como cosa de hombres un coñac, se anunciase una película de Marilyn Monroe afirmando que la maravillosa actriz americana estaba «más mamífera» que nunca, o se cantasen a la par las excelencias de las mujeres y el jamón: «¡La mujer, mujer!; ¡el jamón, jamón!», decía un anuncio. ¿Lo recuerdan? La Universidad Complutense de Madrid acaba de hacer público un estudio que demuestra que nuestros jóvenes están a una distancia sideral de ese mundo paleolítico que las españolas tuvieron que sufrir hasta no hace tanto tiempo. Es cierto que resta todavía una irreductible franja de zoquetes que consideran razonable, por ejemplo, que los hombres cobren más que las mujeres, o que opinan que aquéllas sólo deberían trabajar cuando pudiesen a la vez encargarse de la familia y del hogar. Pero, al margen de «eses tontos» que, según sostenía mi amigo Severino, «son los que escarallan la democracia», el estudio deja constancia de la fuerza incontenible del principio de igualdad entre hombres y mujeres, principio que marca las opiniones de la gran mayoría de los jóvenes varones y las de la práctica totalidad de las adolescentes españolas. Ellas mismas valoran, además, en las mujeres, sobre todo, la simpatía, la sinceridad y la inteligencia, tres cualidades que demuestran la capacidad de resistencia de unas jóvenes sometidas a un constante bombardeo de cuerpos danone, modelos, pasarelas y desfiles, todos sinuosos adversarios hoy de la igualdad. Tanto, al menos, como lo fuera hasta anteayer una mentalidad que con candor expresaba como nadie en una verbena popular un vocalista que, tras dedicar una canción «a las guapas de este baile», se enmendaba casi de inmediato para afirmar con comprensión: «Bueno, a las guapas, y más también a las feas».