PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS RINCÓN DEL VIENTO
05 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando los volcanes parecen haber enfurecido al unísono y el Etna se derrama en lava, recurre la eterna pregunta: ¿por qué la gente se aferra a lugares inhóspitos y peligrosos, que la naturaleza destruye periódicamente, y los levanta de nuevo?, ¿por qué se disputan, dejando con frecuencia la vida en ello, pedazos de tierra que parecen despreciables a los ojos del foráneo? No hay que trasladarse a Sicilia o Palestina para advertir que algo muy hondo guía esta conducta. Sin dejar la A-6, cuántos pueblos castellanos podemos ver, agarrados a un decrépito vigía de la Reconquista que sólo defiende un yermo abrasado de sol. O, pasada Pedrafita, cuántas humildes aldeas, resistiendo lluvias y aislamiento, exhaustas de permanecer, pero nunca abandonadas por los suyos. Por encima de la necesidad o la pobreza, algo persiste que nos lleva a asentarnos, sin practicismo, guiados por otros valores más sutiles y románticos. Ha de ser el apego a lo propio, al poso de la vida de nuestros mayores, a la tierra en fin. Terrible dilema ante el llamado progreso, más aun para los gallegos, que somos inevitable sumatorio de tierra y hombre, como dijo García Sabell.