TRIBUNA / Laureano López
03 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«Más cornás da el hambre», acertaba a decir en plan efectista el matador El Cordobés sobre su decisión de jugársela en el ruedo. Que mate un pollo, dirán los antitaurinos, que tiene los ojos más pequeños y no se le ve el sufrir cuando el carnicero lo estoquea. Y los pollos -las pechugas al bechamel, el pollo frito, la ensalada de pollo que comemos- no sufren en el momento del tránsito. Pura demagogia, la del pollo, dirán los antitaurinos; y la de la mosca, y la del ratón. Pura demagogia la vida, el vivir y el respirar. Y pura demagogia la de Francisco de Goya y Lucientes y su serie Tauromaquias. Como lo es el Guernica de Picasso, la gran demagogia sobre los desastres de la guerra, toro, vaca y niño incluidos, dirán algunos requetemalos. O el cartel de Gerardo Porto, que invita a entrar por la puerta grande del Coliseo. O los puros y los textos de Hemingway. O los sanfermines, a los que acuden en tropel los descendientes de mister Marshall y de medio mundo. ¿Por qué el toreo es el arte del toreo y la fiesta es la fiesta con mayúsculas? ¿Por tradición? ¿Porque un buen día alguien dijo pan y toros? O porque muchos antitaurinos que he conocido personalmente y sin tapujos se convierten al contemplar una faena de gloria, de las de cuando los toros tenían patas y no montañas de mantequilla. Porque el toreo bebe de todas las artes. De la música y de la pintura, de la escultura y del teatro; de la arquitectura y de la lírica; y porque alguna de ellas no pueden entenderse, o se entienden sólo a medias, sin la figura del torero, sin la sangre y la arena del circo. Es arte el toreo. Y es drama, porque no hay arte sin drama, sin sufrimiento, sin padecimientos, sin castigo. Pregúntenle al de las cuartillas en blanco cuando no tiene con qué emborranarlas. Nacido para la lucha Por qué las corridas de toros. Por qué, entonces, los toros. Imaginen un toro en las islas Canarias, a la entrada de un cine o en el jardín de su casa, pastando. El toro nace para el cuerpo a cuerpo, para el cuerpo a acero. En una batalla desigual, sí, pero de quién desigual. ¿De El Yiyo, de Paquirri? Mueren miles de toros por un torero. Es ley natural. Hay quien prefiere mil toreros muertos. Muertos o muertos de hambre. O que se metan a herreros. En Galicia, donde la tradición brilla por su ausencia, es más normal toparse el «toros no». El «toros no» porque sí. Sin entrar en detalles. Sin mentar al pollo que muere en la sartén o a la parrilla. Porque es pura demagogia. Sólo Celita cortó orejas en gallego. ¡¡Asesino!!, gritarían. Lo preferirían cortando cintas de nuevas autovías, claro. Por eso es complicado que aquí los toristas se pongan a tirar de una cuerda y consigan tumbar a los del otro extremo, a los antitaurinos. Más ahora, que la sangre de los toros está contaminada por cruces malabares de la ganadería Domecq y se echan a tierra nada más disponerse el diestro a porta gayola. Aunque estoy seguro, se lo juro, de que algunos cambiarían de opinión si revisaran la faena que regaló Aparicio al público de Las Ventas, allá por mediados de los noventa. Ahí, con unos pases, muchos aprenderán a amar la fiesta.