AL DÍA / Gonzalo Parente
21 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La cumbre del G-8 ha servido, entre otras cosas, para que la sociedad global de la que hablan sociólogos como Anthony Giddens o el español Manuel Castells, sea consciente de donde emana hoy el poder. Dos circunstancias apuntan la verdadera importancia de la cumbre. Una, las medidas de seguridad que estableció el Gobierno italiano. Otra, los asuntos tratados. Respecto a la seguridad, se ha intentado que no se repitieran los desmanes habidos anteriormente. Los resultados están a la vista. Habían movilizado 20 mil policías y soldados, bloquearon la ciudad, suspendieron el convenio comunitario de libre circulación de personas y establecieron acuerdos con las ONG. A pesar de todo, se produjeron actos incontrolados. En cuanto a los debates, se centraon en tres cuestiones. El papel de la banca y la desaceleración; la coordinación Norte-Sur para aligerar la deuda externa de los países morosos, y el proteccionismo que dificulta las exportaciones de los países más pobres. Lo que no se entiende es la parafernalia de seguridad para frenar las protestas, cuando se evitarían celebrando las reuniones sin publicidad y con discreción. Poder y contrapoder aprovechan de la globalización.