SAN ANDRÉS DE TEIXIDO

La Voz

OPINIÓN

RINCÓN DEL VIENTO / Pablo González Mariñas

15 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

En Galicia tenemos a gala, no sé si morbosa o no, una asumida convivencia con el más allá. No somos amigos de las fronteras definitivas, de la claridad de ser o no ser. Por eso, nuestros cementerios no son lugares de tristeza, sino de convivencia y hasta de fiesta los días de patrón. Por eso, la mejor paparota del año se devora en los velatorios. Y, por eso, hasta no hace mucho, nuestros paisanos se iban con el muerto a San Andrés de Teixido en el Castromil, previo pago no sólo del billete de los vivos, sino también del correspondiente al difunto, y los mendigos se comían «su comida» al pie del santuario. Todo ello por no hablar de la estadea o Santa Compaña, ese peculiar y cerúleo invento gallego, nexo entre vivos y difuntos. Es como si los gallegos nunca muriésemos enteramente, lo que parece tener su envés en un no vivir enteramente. No hay que extrañarse, pues, ante esos padrones en los que faltan miles de vivos y esos censos electorales en los que figuran miles de muertos. Todo es coherente en este nuestro dubitativo país de muertos vivientes y de vivos murientes.