ROBERTO L. BLANCO VALDÉS EL OJO PÚBLICO
10 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.¿Qué ha hecho de la Guardia Civil un icono colectivo? Quizá sus insólitos tricornios, negros como la España negra que sus portadores tanto contribuyeron a forjar. O su presencia en todos los conflictos que se desarrollan por aquí desde que, arreciando la reacción conservadora, González Bravo decidiera en 1844 crear una policía con que acometer la construcción de un Estado centralista. O quizá, ¿por qué no?, el apasionado rencor de su poeta. Tienen, por eso no lloran,/ de plomo las calaveras/ Con el alma de charol/ vienen por la carretera./ Jorobados y nocturnos,/ por donde animan ordenan / silencios de goma oscura/ y miedos de fina arena./ Pasan, si quieren pasar,/ y ocultan en la cabeza/ una vaga astronomía/ de pistolas inconcretas. ¡Qué sobrecogedor juego de metáforas para referirse, sólo, a unos hombres de uniforme! El alma de charol, de plomo las calaveras: esa es la Guardia Civil cuya presencia, algo liberadora, algo obsesiva, salpica muchos de los versos de quien, Federico García Lorca, recoge como nadie la congoja que aquélla extiende por pueblos y caminos: es la Guardia Civil caminera a la que el gitano apaleado pide un sorbito de agua: Agua con peces y barcos,/ Agua, agua, agua, agua. La Guardia Civil que, en 1931, dejará caer la monarquía. Y la que en 1936, permanecerá en muchas plazas leal a la República. La Guardia Civil que devendrá columna vertebral de la dictadura surgida de la guerra. Y la que gravará en nuestra memoria la mascarada criminal de aquel día 23. La Guardia Civil a la que hemos visto, todos estos años, enterrar a los suyos en orden y en silencio, tras ser asesinados por la furia patriótica en la que se han refugiado los canallas. Y la que, normalizada ya la vida democrática, vemos también, cuando lo tercia la desgracia, acudir a todas las catástrofes: pues no hay inundación, ni incendio, ni explosión, ni accidente, donde la Guardia Civil no esté cumpliendo con un deber que ha hecho a los españoles olvidar los ecos negros del romancero de guardias y gitanos. Pese a ello, acaban de confirmarnos lo que todo el que hubiera estado en una casa cuartel ya conocía: que la mayoría están al borde del derrumbe y que la mayoría de los guardias trabajan en condiciones lamentables. Ese abandono, que la Asociación Unificada de Guardias Civiles denuncia con razón, traduce mucho más que una desgraciada gestión ministerial. Es también la consecuencia de una vergüenza que sólo en el futuro podremos quizá colectiva y públicamente ventilar: la del desamparo en que hemos dejado a los que, con uniforme o de paisano, han sufrido la violencia terrorista durante más de veinte años.