EDUARDO CHAMORRO LA PENÍNSULA
09 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Conviene desconfiar de los comunicólogos en general tanto como de los semióticos en particular. De los primeros se sabe demasiado bien de lo que hablan; de los segundos, no hay manera de saberlo. Pero esto, que -aparte de una mera opinión- puede parecer inquietante, no es lo malo. Lo malo es que tanto unos como otros gustan de cultivar una cierta tendencia al paroxismo. Hay excepciones, pero Umberto Eco no se cuenta entre ellas. El conocido comunicólogo, distinguido semiótico y famoso novelista, autor de Apocalipticos e integrados, ha pasado recientemente por un seminario habido en Bilbao sobre el tema de la museología -ciencia que entraña rincones candentes- para decir que el museo del futuro estará dedicado a una sola obra. Esa obra se exhibirá, o habrá de exhibirse, en una sola sala dedicada a la mencionada obra a solas con todo su esplendor. Esa sala estará rodeada de otras en las que se exhibirá un número aleatorio de copias de aquélla, cada una de ellas con el correspondiente certificado de autenticidad en cuanto que copia. Es decir, facsímiles a pie juntillas. Junto a esas salas se articulará una serie de distribuidores que conducirán a unas salitas dotadas de televisor donde lo exhibido en la primera gran sala podrá ser examinado en vídeo. Por último, cada uno de esos museos contará con la correspondiente shop o expendeduría de otras copias que, en edición masiva, se pondrán así al alcance del bolsillo de los aficionados a lo que sea la cosa, para que se la lleven a casa, con certificado de autenticidad, copia de su entrada en el museo y firma del mimo apostado en la puerta del recinto. Esta idea de Umberto Eco no es, desde luego, el sueño de un apocalíptico -que quizá sería el de quemar todos los museos- ni el de un integrado -que soñaría con un pase gratis para todos los museos del mundo-, sino, más bien, el de un intelectual diminutoburgués algo enfermo de los nervios o puesto en mitad de la brasa de alguna patología del ego. Cabe también la posibilidad de que a Eco le ocurra lo que a casi todo el mundo, y que cuando no tenga o sepa qué decir, opte por decir lo primero que se le ocurra. También es privilegio del comunicólogo y del semiótico -y del orador en seminarios y universidades de verano- aguzar su destreza en el arte de la prestidigitación y parir músicas del silencio, formas del vacío, presencias de lo impresentable, substancia del tocomocho. O Grove es un pueblo curioso, al que le vendría bien alguna de las ideas de Eco. Se podría construir una enorme sala alrededor del pueblo y llamar a ese conjunto algo así como Museo Total de O Grove. Sólo habría que tomar la precaución de que el museo no tocara linde alguno propiedad de la Comunidad de Montes de Noalla o en situación de ser reclamado como tal. Fuera como fuese, quizá por esa vía se resolviera uno de los problemas más dramáticos de cuantos afronta el Consello meco, y que tiene que ver con lo que hacer en recuerdo del pintor Ernesto Goday. La obra del maestro Goday está, al parecer, tan dispersa, que no hay modo de pensar en un museo. Dado que en estos casos lo más socorrido es dar el nombre del finado maestro a una calle, la solución será la de darle su nombre a una calle. Esto no quiere decir que O Grove no esté para museos. Ocurre precisamente lo contrario. Contamos con más de media docena de proyectos museísticos. Museo del Pescador, del Hostelero, de la Salazón, de la Mar en Coche, de las Anécdotas de los hermanos Pinto, de la Intemerata y del Pan de Carducho. Con tal cantidad de ideas museísticas en la cabeza, puede que ninguna llegue a término. Ni que pensar, por ejemplo, en un Museo de Adro Vello, entre otras cosas porque en Adro Vello ya no queda ni el óxido de los rituales funerarios. También es probable que en un par de años de desidia tampoco quede gran cosa de Cantodorxo. Pero eso no importa. Venderemos facsímiles de lo que hubiera en tales campos de la arqueología y ya veremos quién nos hace los vídeos. De hecho, estamos a punto de convertirnos en un vídeo. Debe de ser el momento de llamar a Umberto Eco y encargarle el pregón de la Fiesta del Marisco. Estas cosas hay que prepararlas con tiempo y decidirlas antes de que nos invada el berberecho rabioso (cuyo museo será, sin duda, notable).