DE SOL A SOL / Carlos G. Reigosa
06 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«El ocio es la mayor y más bella conquista del hombre», escribió Remy de Gourmont. Pero no creo que lo hayan leído aquellos que en nuestro país parecen dispuestos a desalentar como sea el turismo que nos visita -convertir su ocio en una pesadilla-, como si no nos fuera en ello una buena parte de nuestro negocio nacional. No tengo vocación de inscribirme en esa lista jeremíaca de los que lamentan los males causados por las huelgas como tragedias irreparables, pero tampoco quiero apuntarme a la demagogia de quienes hacen un canto del derecho a la huelga como un legítimo secuestro de la voluntad de los demás ciudadanos, sin límite alguno. La cuestión no es tan complicada, aunque la obcecación sea mucha. Ni el SEPLA de nuestros carísimos pilotos, ni los transportistas baleares, ni los agazapados de cualquier otro ajuste de cuentas pendiente pueden causar unos daños desmesurados al conjunto de los ciudadanos, que se convierten, sin comerlo ni beberlo, en rehenes de minorías con más o menos razón, pero con ningún sentido de las proporciones. Las patologías suicidas no deben tener cabida dentro del ejercicio del derecho a la huelga.